viernes, 24 de febrero de 2017

¿Qué es el Bautismo?

Bautismo es el mandato de Jesucristo para todo creyente. Por lo tanto, un entendimiento claro de lo que es el Bautismo y porqué es importante es esencial. El bautismo no nos salva de nuestros pecados. La Salvación es un regalo proporcionado y asegurado directamente por la obra de Cristo a favor nuestro (Efesios 2:8–10).

Ambrosio leía información sobre el Bautismo, en unos textos que compró recientemente en cualquier librería de viejo en el centro de Bogotá...
"Pero nos es dado evidencia de la importancia del Bautismo a través de el bautismo mismo de nuestro Salvador, el mandato de la Escritura y la práctica de la Iglesia primitiva."

El Significado del Bautismo

 

Si el Bautismo no tiene poder de salvación, entonces; ¿Cuál es el significado del Bautismo? El bautismo tiene importancia para cada creyente por la aparición frecuente dentro del Nuevo Testamento (115 referencias claras).

Primeramente, el Bautismo es una declaración pública de la fe de uno en nuestro Señor Jesucristo. La Escritura declara que nostros tenemos que profesar abierta y públicamente a Cristo. No ha de haber “santos silenciosos.” Por lo tanto el Bautismo debe seguir inmediatamente la experiencia de Salvación porque al hacerlo, proclamamos la obra de Cristo hecha en nosotros (Mateo 10:32).

También, el Bautismo es la representación grafica ideal de lo que Cristo ha hecho por todos los pecadores a través de Su muerte, entierro, y resurrección. El Bautismo ejemplifica como el nuevo creyente ha roto con su pasado,e inicia una vida nueva, una vida resucitada, mediante su nacimiento nuevo en Cristo.

Así que, el Bautismo es una identificación personal con Cristo y con Su Iglesia (Galatas 3:27).

El Bautismo dice “Yo pertenezco a Jesucristo, le honro como testigo y de Su Iglesia. El Bautismo es el sello de nuestro compromiso con Cristo. Reconoce la responsabilidad de su Iglesia para enseñar y practicar esta ordenanza definido en las Escrituras. En muchas formas, el Bautismo es semejante a un anillo de Bodas. Tú puedes estar casado sin el anillo, pero el anillo refleja el compromiso y enlace de tu vida a otra. Cristo compara la relación entre esposo/esposa a Él mismo y Su novia, la Iglesia. El Bautismo es importante tanto por identidad como por obediencia.

El Momento del Bautismo

 

Para la pregunta más comú:” ¿Cuándo debo bautizarme?”, la respuesta es simple—inmediatamente después que pones tu fe y confianza en Jesucristo. Este es el patrón del nuevo Testamento (Hechos 2:41). Aún hay que aclarar un tema que debemos observar.

El Bautismo debe ser después de la salvación nunca antes. La experiencia del Bautismo, no importa que sincera haya sido, es inadecuada si ocurrió antes de comprender el significado de su arrepentimiento y fe en el Señor Jesucristo. Así que si fue bautizado antes de tu experiencia de salvación, debes seguir a Cristo en el bautismo como un creyente.

¿Es el Bautismo un requisito para membresía en la iglesia?

Personas llegan a Prestonwood de iglesias de diversas denominaciones y antecedentes eclesiásticos que no comparten nuestras doctrinas, creencias o prácticas. En muchos casos hay diferencia referente al tema del Bautismo. Por esta razón, buscamos orientar claramente y explicar a los creyentes cómo seguir a Cristo en el Bautismo.

El Bautismo no es asunto de preferencia personal; sino de mandato en la Escritura. Por lo tanto, creemos que la práctica apropiada del bautismo es importante en la vida de cada miembro de nuestra Iglesia.

En Prestonwood requerimos a quienes no han sido bautizados por inmersión o que vienen de Iglesias con diferentes prácticas que no comparten nuestra perspectiva del propósito y práctica de Bautismo, que sean bautizados.

Nuestra meta no es de poner en duda la experiencia personal de salvación ni de disminuir su herencia Cristiana sino de unir nuestra membresía en creencia y práctica. Obediencia a Cristo y Su Palabra es el punto de partida para el crecimiento y compañerismo juntos.

El Método del Bautismo


¿Cómo debo bautizarme? Aunque éste ha sido un tema de confusión para algunos, la Escritura es bien clara en la forma o método del Bautismo. El Bautismo es una imagen que nos identifica con Cristo, Su muerte, Su entierro y resurrección – cualquier variación a esta representación gráfica podría interferir con el mensaje del bautismo.
La palabra “Bautismo” es una adaptación de la palabra griega “baptizo” dada en el Nuevo Testamento. Está claro que esta palabra precisamente significa “inmersión,” “sumergir,” o “colocar bajo de.” La Escritura nos dice que cuando Jesús fue bautizado, subió luego del agua. Felipe y el etíope vinieron a un lugar con mucha agua. El rio Jordán seguidamente es mencionado en las Escrituras como un lugar donde ocurrieron Bautismos.

La Explicación de la Escritura


En Romanos 6:4-5 vemos el Bautismo usado para describir la nueva vida que ahora vivimos en Cristo. En Hechos 16:31-34, vemos creyentes nuevos siendo bautizados, anotando el hecho de que esta acción es un símbolo externo de una realidad interna de lo que Dios ha hecho en nuestras vidas. Por lo tanto nuestro motivo en el bautismo es de obediencia a Cristo y para la Gloria de Cristo y Su Iglesia.

El estímulo de los creyentes del Nuevo Testamento


A lo largo del Nuevo Testamento, el bautismo fue la primera respuesta de esos creyentes sedientos. Considera a Felipe y el eunuco Etíope (Hechos 8:26-38), Pedro y Cornelio (Hechos 10:47-48), Pablo y el carcelero en Filipo (Hechos 16:25-34).


El ejemplo de nuestro Señor, Cristo Jesús


Jesús inició su ministerio público con el Bautismo (Mateo 3:13, 17). Él no tenía necesidad de ser salvo; pero a través del Bautismo Cristo se estaba identificando con nosotros—a esos que había venido a salvar. En el Bautismo Cristo estaba diciendo, esto es lo que he venido a hacer por tí. Él murió en la cruz, fué sepultado y resucitó de nuevo. Entonces tuvo razón Juan El Bautista cuando dijo de Jesús al bautizarlo, “He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.”


El Motivo del Bautismo


¿Porqué somos bautizados? El Bautismo no solo muestra nuestra identificación con Jesucristo sino también nuestro deseo de vivir una vida en obediencia a Él. Jesús dijo “Si me amáis, guardad mis mandamientos.” (Juan 14:15). Cuando nosotros obedecemos a Cristo, demostramos nuestra confianza en Él y nuestra sumisión a su mandato. Amar a Cristo significa expresar ese amor en formas que le agraden. Motivados por amor y gratitud, nosotros seguimos a Cristo en el Bautismo.

El Tofet de Cartago

Hasta el siglo XIX, lo que se sabía de la antigua Cartago era más fruto de la lectura de los autores clásicos y del mito que de la realidad arqueológica. Tras la tercera guerra púnica (149-146 a.C.), las tropas romanas bajo el mando de Escipión Emiliano habían arrasado la ciudad hasta sus cimientos, así que los estudiosos de la Antigüedad no confiaban en que el subsuelo de la metrópolis norteafricana pudiese ofrecer importantes hallazgos.

Pese a ello, una serie de arqueólogos aficionados indagaron en las ruinas cartaginesas y hallaron restos de vías, de estructuras domésticas y obras de ingeniería, correspondientes a la colonia romana fundada sobre la capital púnica en el siglo I a.C., así como inscripciones, esculturas y mosaicos de la misma época. En cambio, de la urbe fenicio-púnica tan sólo se localizaron unas necrópolis que excavó un religioso, el padre Louis-Alfred Delattre.


En 1921, el panorama de la investigación de la Cartago prerromana se transformó repentinamente, cuando un saqueador de tumbas árabe ofreció a un funcionario francés, Paul Gielly, una rara estela grabada con símbolos de la diosa púnica Tanit. Gielly se apresuró a comunicárselo a un compatriota, François Icard, jefe de la policía de Túnez y a la vez coleccionista y buen conocedor del mercado negro de antigüedades, quien quiso saber de dónde procedía tan interesante pieza. 

Burlado en primera instancia por el árabe, que le indicó un lugar erróneo donde excavar, Icard lo puso bajo vigilancia y una noche lo sorprendió in fraganti extrayendo diversas estelas votivas de un pozo que había cavado en unos terrenos situados a pocos metros del antiguo puerto, entre las actuales rue Hannibal y rue des Suffètes. Así, por un azar del destino, se descubrió el santuario de Tanit o Tofet.


El tofet de Cartago, también llamado tofet de Salambó, es una antigua área sagrada dedicada a las deidades fenicias Tanit y Baal, ubicada en el barrio cartaginés de Salambó, cerca de los puertos púnicos. Data de entre los siglos VII y II a. C., y alberga restos que en un 90% corresponden a niños cuya edad oscila entre recién nacidos y tres años. El otro diez por ciento son cabras y ovejas, animales también empleados como ofrenda. En las estelas de piedra, de carácter votivo, aparecen los nombres de Tanit y Baal como destinatarios de los sacrificios. En 1921, se descubrió una estela que representa a un sacerdote con un sombrero propio de su cargo y sosteniendo a un niño en brazos.

Sabemos que los tofets cartagineses son áreas sagradas donde se enterraron los restos calcinados de niños, conservados en urnas y al pie de unas estelas conmemorativas. El tofet de la ciudad de Cartago es el más conocido, pero esta práctica también se adoptó en las antiguas colonias fenicias que se anexionó Cartago: Sicilia, Cerdeña y Malta. ¿Sacrificaron los cartagineses a sus niños o los tofets simplemente eran cementerios para niños que murieron de forma prematura?

Cada vez está más claro que las historias sobre el sacrificio de niños cartagineses son verdaderas. Los griegos y romanos así lo aseguran y esta creencia formó parte de la historia popular de Cartago en los siglos XVIII y XIX. Niños y niñas que apenas contaban unas semanas de vida fueron sacrificados por los cartagineses en los tofets. Las inscripciones sobre las losas de las tumbas eran dedicatorias de los padres a los dioses que finalizaban con el ruego de ser escuchados y bendecidos.


Referencias de estos sacrificios ...

Los romanos hicieron recaer sobre los cartagineses graves acusaciones. Existen numerosos testimonios que hablan de cómo en momentos de especial peligro sacrificaban niños a los dioses quemándolos vivos, creyendo asegurar así la protección divina. En la Biblia aparece la misma acusación contra los vecinos idólatras, que sacrificaban a sus hijos. El lugar destinado a estos sacrificios era denominado tofet.
  • Y han edificado los lugares altos del Tofet, que está en el valle del hijo de Hinom, para quemar al fuego a sus hijos y a sus hijas, cosa que Yo (Yahvé) no les mandé, ni subió en mi corazón. Por tanto, he aquí vendrán días, ha dicho Yahvé, en que no se diga más Tofet, ni valle del hijo de Hinom, sino Valle de la Matanza; y serán enterrados en Tofet, por no haber lugar. (Jeremías, 7, 31-32)
Los textos fenicios antiguos hacen mención del sacrificio. Hay un documento en Ugarit que habla con toda claridad del ofrecimiento para invocar la protección de Baal y obtener la victoria. Filón de Biblos y Eusebio de Cesarea nos han dejado el testimonio de cómo los fenicios importantes sacrificaban a sus hijos, y según Justino fue la legendaria reina Dido quien inició el rito. Diodoro Sículo describe una de estas ceremonias en las que el sacerdote degollaba a un niño que se colocaba sobre los brazos de una estatua de bronce. Después se le arrojaba al fuego en presencia de su familia.

Era frecuente entre los generales ofrecer esta clase de sacrificios en momentos cruciales para Cartago. En el 310 a. C., sitiados por Agatocles de Siracusa, los cartagineses sacrificaron a 500 hijos de familias ilustres, por considerar que la ofrenda tendría más valor que la de simples esclavos. Tertuliano denunciaba que aún durante el siglo II continuaba en secreto esta práctica pese a todas las prohibiciones de los emperadores.
  • Pongo por testigos a los soldados de mi padre que ejecutaron esas órdenes de los procónsules romanos. Los propios padres acudían a ofrecer sus hijos, y lo hacían gustosos; los acariciaban para impedir que llorasen en el momento de ser sacrificados. (Tertuliano)
Porfirio de Tiro, De la abstinencia, II, 56, 1:
  • Los fenicios, en caso de grandes calamidades como las guerras, las epidemias o las sequías, sacrificaban a una víctima tomada de entre los seres que más apreciaban y que designaban por votación como víctima ofrecida a Cronos.
Plutarco, De la superstición, XIII:
  • Es en plena consciencia y conocimiento que los cartagineses ofrecían a sus hijos y quienes no los tenían los compraban de los pobres como a los corderos o aves, mientras que la madre estaba de pie sin lágrimas ni lamentos. Si ella se lamentaba o lloraba, perdería el precio de la venta y el niño no dejaba de ser sacrificado; sin embargo, todo el espacio delante de la estatua era llenado del sonido de las flautas y de los tambores a fin de que no se pudieran escuchar los gritos.
Tertuliano, Apologética, IX, 2-3:
  • Los niños eran sacrificados públicamente a Saturno, en África, hasta el proconsulado de Tiberio, quien hizo exponer a los propios sacerdotes de ese dios, atados vivos a los árboles de su templo, que cubrían los crímenes de su sombra: Juro por mi padre, quien, como soldado, ejecutó esta orden del procónsul. Pero, aún hoy en día, ese sacrificio criminal sigue en secreto.

En territorio español no se ha encontrado ningún tofet fenicio, aunque hay indicios de alguna clase de práctica de sacrificios humanos. En Cádiz hay un grupo de enterramientos de niños de hasta diez años cuyos cráneos evidencian haber sido golpeados violentamente. Esto seguramente guarda relación con las reformas de César en las bárbaras costumbres gaditanas, y con una primitiva forma de sacrificio infantil recogido en los textos de Ugarit: el aplastamiento con maza, el arma simbólica que debía emplear el dios invocado para aplastar al enemigo.

miércoles, 22 de febrero de 2017

La gente blanca: Arthur Machen (Parte I)

Arthur Machen nació en 1863 en el País de Gales, en Caerlson-on-Usk, minúsculo pueblo que fue sede de la Corte del Rey Arturo. Machen se instaló en Londres siendo muy joven. Estuvo unos meses de dependiente en una librería, después hizo de preceptor, y se dio cuenta que era incapaz de ganarse la vida en sociedad. Según sus propias palabras "...un inmenso golfo espiritual le separaba de los otros hombres..." y tenía que aceptar cada vez más ésta vida de un "Robinson Crusoe del alma".

Publicó numerosos relatos fantásticos, trabajo como bibliotecario, periodista y actor de teatro, malviviendo de cuando en cuando.

Algunos se inclinan a pensar que Machen, quien fue ignorado cuando intentó revelar secretas realidades fantásticas, tenía la facultad incosciente de invocar fuerzas ocultas que se levantaban y tomaban tal o cual forma a la llamada de su imaginación, tan a menudo ligada a las verdades esenciales, y que tal vez había realizado una profunda labor sin él saberlo.

La Gente Blanca

(Arthur Machen)


 Ambrosio dijo:

—Brujería y santidad, he aquí las únicas realidades. —Y prosiguió—: La magia tiene una justificación en sus criaturas: comen mendrugos de pan y beben agua con una alegría mucho más intensa que la del epicúreo.

—Os referías a los santos?

—Sí. Y también a los pecadores. Creo que vos caéis en el error frecuente de quienes limitan el mundo espiritual a las regiones del bien supremo. Los seres extremadamente perversos forman también parte del mundo espiritual. El hombre vulgar, carnal y sensual, no será jamás un gran santo. Ni un gran pecador. En nuestra mayoría, somos simplemente criaturas de barro cotidianas sin comprender el significado profundo de las cosas, y por ésto el bien y el mal son en nosotros idénticos: de ocasión, sin importancia.

—¿Pensáis, pues, que el gran pecador es un asceta, lo mismo que el gran santo?

—Los grandes, tanto en el bien como en el mal, son los que abandonan las copias imperfectas y se dirigen a los originales perfectos. Para mí, no existe la menor duda: los más excelsos, entre los santos, jamás hicieron una "buena acción", en el sentido corriente de la palabra. Por el contrario, existen hombres que han descendido hasta el fondo de los abismos del mal, y que, en toda su vida, no han cometido jamás lo que vosotros llamáis una "mala acción".

Se ausentó un momento de la estancia; Cotgrave se volvió a su amigo y le dio gracias por haberle presentado a Ambrosio.

—Es formidable —dijo—. Jamás había visto un chalado de esta clase.

Ambrosio volvió con una nueva provisión de whiskey y sirvió a los dos hombres con largueza. Criticó con ferocidad la secta de los abstemios, pero se sirvió un vaso de agua. Iba a reanudar su monólogo cuando Cotgrave le atajó:

—Vuestras paradojas son monstruosas. ¿Puede un hombre ser un gran pecador sin haber hecho nunca nada culpable? ¡Vamos, hombre!

—Os equivocáis completamente —dijo Ambrosio—, pues soy incapaz de paradojas: ¡ojalá pudiera hacerlas! He dicho, simplemente, que un hombre puede ser un gran conocedor de vinos de Borgoña sin haber entrado jamás en una taberna. Eso es todo, y ¿no os parece más una perogrullada que una paradoja? Vuestra reacción revela que no tenéis la menor idea de lo que puede ser el pecado. ¡Oh!, naturalmente existe una relación entre el Pecado con mayúscula y los actos considerados como culpables: asesinato, robo, adulterio, etc. Exactamente la misma relación que existe entre el alfabeto y la poesía más genial. Vuestro error es casi universal: os habéis acostumbrado, como todo el mundo, a mirar las cosas a través de unas gafas sociales. Todos pensamos que el hombre que nos hace daño, a nosotros, o a nuestros vecinos, es un hombre malo. Y lo es, desde un punto de vista social. Pero, ¿no podéis comprender que el mal, en su esencia, es una cosa solitaria, una pasión del alma? El asesino corriente, como tal asesino, no es en modo alguno un pecador en el verdadero sentido de la palabra. Es sencillamente una bestia peligrosa de la que debemos librarnos para salvar nuestra piel. Yo lo clasificaría mejor entre las fieras que entre los pecadores.

—Todo esto me parece muy confuso.

—Pues no lo es; el asesino no mata por razones positivas, sino negativas; le falta algo que poseen los no-asesinos. El Mal, por el contrario, es totalmente positivo. Pero positivo en el sentido malo. Y es muy raro. Sin duda hay menos pecadores verdaderos que santos. En cuanto a lo que llamáis criminales, son seres molestos, desde luego, y de los que la sociedad hace bien en guardarse; pero entre sus actos antisociales y el Mal existe un gran abismo, ¡creedme!

Se hacía tarde. El amigo que había llevado a Cotgrave a casa de Ambrosio había sin duda oído esto otras veces. Escuchaba con sonrisa cansada y un poco burlona, pero Cotgrave empezaba a pensar que su "alienado" era tal vez un sabio.

—¿Sabéis que me interesáis enormemente? —dijo—. ¿Opináis, pues, que no comprendemos la verdadera naturaleza del Mal?

—Lo sobreestimamos. O bien lo menospreciamos. Por una parte, llamamos pecado a las infracciones sociales. Es una exageración absurda. Por otra parte, atribuimos una importancia tan enorme al "pecado" que consiste en meter mano a nuestros bienes o a nuestras mujeres, que hemos perdido absolutamente de vista lo que hay de horrible en los verdaderos pecados.

—Entonces, ¿qué es el pecado?— dijo Cotgrave.

—Me veo obligado a responder a su pregunta con otras preguntas. ¿Qué experimentaría si su gato o su perro empezaran a hablarle con voz humana? ¿Y si las flores de su jardín se pusieran a cantar? ¿Y si las piedras del camino aumentaran de volumen ante sus ojos? Pues bien, éstos ejemplos pueden darle una vaga idea de lo que es realmente el pecado.

—Escuchen —dijo el tercer hombre, que hasta entonces había permanecido muy tranquilo—, me parece que los dos están locos de remate. Me marcho a mi casa. He perdido el tranvía y me veré obligado a ir a pie.

Ambrosio y Cotgrave se arrellanaron aún más en sus sillones después de su partida. La luz de los faroles palidecía en la bruma de la madrugada, que helaba los cristales.

—Me asombra usted —dijo Cotgrave—. Jamás había pensado en todo esto. Si es realmente así, hay que volverlo todo del revés. Entonces, según usted, la esencia del pecado sería...

—Querer tomar el cielo por asalto —respondió Ambrosio—. El pecado consiste, en mi opinión, en la voluntad de penetrar de manera prohibida es otra esfera más alta. Esto explica que sea tan raro. En realidad, pocos hombres desean penetrar en otras esferas, mas altas o bajas, y de manera autorizada o prohibida. Hay pocos santos. Y los pecadores, tal como yo los entiendo, son todavía más raros. Y los hombres de genio (que a veces participan de aquellos dos) también escasean mucho... Pero puede ser más difícil convertirse en un gran pecador que en un gran santo.

—¿Porque el pecado es esencialmente naturaleza?

—Bueno. La santidad exige un esfuerzo igualmente grande, pero un esfuerzo que se realiza por caminos que eran antaño naturales. Se trata de volver a encontrar el éxtasis que conoció el hombre antes de la caída. En cambio, el pecado es una tentativa de obtener un éxtasis y un saber que no existen y que jamás han sido dados al hombre, y el que lo intenta se convierte en demonio. Ya le he dicho que el simple asesino no es necesariamente un pecador. Esto es cierto; pero el pecador es a veces un asesino. Pienso en Gilles de Rais, por ejemplo. Considere que, si bien el bien y el mal están igualmente fuera del alcance del hombre contemporáneo, del hombre corriente, social y civilizado, el mal lo está en un sentido mucho más profundo. El santo se esfuerza en recobrar un don que ha perdido; el pecador persigue algo que no ha poseído jamás. En resumidas cuentas, reproduce la Caída.

—¿Es usted católico? —preguntó Cotgrave.

—Sí, soy miembro de la Iglesia anglicana perseguida.

—Entonces, ¿qué me dice de esos textos en que se denomina pecado lo que usted califica de falta sin importancia?

—Advierta, por favor, que en esos textos de mi religión aparece reiteradamente el nombre de "mago", que me parece la palabra clave. Las faltas menores, que se denominan pecados, sólo se llaman así en la medida que el mago perseguido por mi religión está detrás del autor de éstos pequeños delitos. Pues los magos se sirven de las flaquezas humanas resultantes de la vida material y social, como instrumentos para alcanzar su fin infinitamente excecrable. Y permita que le diga esto: nuestros sentidos superiores están tan embotados, estamos hasta tal punto saturados de materialismo, que seguramente no reconoceríamos el verdadero mal si nos tropezáramos con él.

—Pero, ¿es que no sentiríamos, a despecho de todo, un cierto horror, este horror de que se hablaba hace un momento, al invitarme a imaginar unas rosas que rompiesen a cantar?

—Si fuésemos seres naturales, sí. Los niños, algunas mujeres y los animales sienten este horror. Pero, en la mayoría de nosotros, los convencionalismos, la civilización y la educación han embotado y oscurecido la naturaleza. A veces podemos reconocer el mal por el odio que manifiesta al bien y nada más; pero esto es puramente fortuito. En realidad, los Jerarcas del Infierno pasan inadvertidos a nuestro lado.

—¿Piensa que ellos mismos ignoran el mal que encarnan?

—Así lo creo. El verdadero mal, en el hombre, es como la santidad y el genio. Es un éxtasis del alma, algo que rebasa los límites naturales del espíritu, que escapa a la conciencia. Un hombre puede ser infinita y horriblemente malo, sin sospecharlo siquiera. Pero repito; el mal, en el sentido verdadero de la palabra, es muy raro. Creo incluso que cada vez lo es más.

—Procuro seguirlo —dijo Cotgrave—. ¿Cree usted que el Mal verdadero tiene una esencia completamente distinta de lo que solemos llamar el mal?

—Absolutamente. Un pobre tipo excitado por el alcohol vuelve a su casa y mata a patadas a su mujer y a sus hijos. Es un asesino. Gilles de Rais es también un asesino. Pero, ¿advierte usted el abismo que los separa? La palabra es accidentalmente la misma en ambos casos, pero el sentido es totalmente distinto. Cierto que el mismo débil parecido existe entre todos los pecados _sociales_ y los verdaderos pecados espirituales, pero son como la sombra y la realidad. Si usted es un poco teólogo, tiene que comprenderme.

—Le confieso que no he dedicado mucho tiempo a la teología —observó Cotgrave—. Lo lamento; pero, volviendo a nuestro tema, ¿cree usted que el pecado es una cosa oculta, secreta?

—Sí. Es el milagro infernal, como la santidad es el milagro sobrenatural. El verdadero pecado se eleva a un grado tal que no podemos sospechar en absoluto su existencia. Es como la nota más baja del órgano, tan profunda que nadie la oye. A veces hay fallos, recaídas, que conducen al asilo de locos o a desenlaces todavía más horribles. Pero en ningún caso debe confundirlo con la mala acción social. Acuérdese del Apóstol: hablaba del otro lado y hacía una distinción entre las acciones caritativas y la caridad. De la misma manera que uno puede darlo todo a los pobres y, a pesar de ello, carecer de caridad, puede evitar todos los pecados y, sin embargo, ser una criatura del mal.

—¡He aquí una psicología interesante! —dijo Cotgrave—. Pero confieso que me gusta. Supongo que, según usted, el verdadero pecador podría pasar muy bien por un personaje inofensivo, ¿no es así?

—Ciertamente. El verdadero mal no tiene nada que ver con la sociedad. Y tampoco el Bien, desde luego. ¿Cree usted que se sentiría a gusto en compañía de san Pablo? ¿Cree usted que se entendería con Sir Galahad? Lo mismo puede decirse de los pecadores. Si usted encontrase a un verdadero pecador, y reconociese el pecado que hay en él, sin duda se sentiría horrorizado. Pero tal vez no existiría ninguna razón para que aquel hombre le disgustara. Por el contrario, es muy posible que, si lograba olvidar su pecado, encontrase agradable su trato. ¡Y, sin embargo...! ¡No! ¡Nadie puede adivinar cuán terrible es el verdadero Mal...! ¡Si las rosas y los lirios del jardín se pusieran a cantar esta madrugada, si los muebles de esta casa empezaran a desfilar en procesión como en el cuento de Maupassant...!.

—Celebro que vuelva a esta comparación —dijo Cotgrave—, pues quería preguntarle a qué corresponden en la Humanidad, estas proezas imaginarias de las cosas que usted cita. Repito: ¿qué es, pues, el pecado? Quisiera que me diera usted un ejemplo concreto.

Por primera vez, Ambrosio vaciló.

—Ya le he dicho que el verdadero Mal es muy raro. El materialismo de nuestra época, que tanto ha hecho para suprimir la santidad, tal vez ha hecho más aún para suprimir el mal. Encontramos la tierra tan cómoda, que no sentimos deseos de subir ni de bajar. Todo ocurre como si el especialista del Infierno realizase trabajos puramente arqueológicos.

—Sin embargo, tengo entendido que sus investigaciones se han extendido hasta la época actual.

—Veo que está usted realmente interesado. Pues bien, confieso que he reunido, en efecto, algunos documentos que...

martes, 21 de febrero de 2017

Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense: Thierry Meyssan

Thierry Meyssan (18 de mayo en 1957, Talence-Gironda) es un periodista y activista político francés, autor de investigaciones sobre la extrema derecha, así como por su defensa de la laicidad de la República y sobre la Iglesia católica, entre otras. Es también presidente-fundador de la Red Voltaire y de la conferencia Axis for Peace.  Meyssan es uno de los principales defensores de las teorías conspirativas sobre los atentados del 11 de septiembre de 2001, cuya autoría atribuye en su libro La Gran Impostura a una parte del complejo militar-industrial de los Estados Unidos. Establecido en Oriente Medio, se ha manifestado próximo a Hezbolá y a la Revolución islámica de Irán. Su portal de noticias alternativas La Red Voltaire, presenta análisis 'laterales' bastante lúcidos de los acontecimientos mundiales y el devenir de la historia humana a la luz del actual contexto político del planeta.

Donald Trump disuelve la organización del imperialismo estadounidense

(Thierry Meyssan)


Modificando el sistema de gobierno establecido en 1947, el presidente Donald Trump publicó un Memorándum sobre la organización del Consejo de Seguridad Nacional y del Consejo de Seguridad de la Patria (Homeland Security).

El principio adoptado en el pasado consistía en manejar la «Seguridad Nacional» bajo la autoridad conjunta de la Casa Blanca, del Estado Mayor Conjunto y de la CIA, que fue creada en aquella época.

Desde 1947 y hasta el 2001, el Consejo de Seguridad Nacional fue el centro del Ejecutivo estadounidense. En su seno, el presidente compartía el poder con el director de la CIA –nombrado por él– y con el jefe del Estado Mayor Conjunto, seleccionado por sus pares de este órgano estrictamente militar. Desde el 11 de septiembre de 2001, el Consejo de Seguridad Nacional se hallaba de facto bajo la supervisión del «Gobierno de Continuidad» de Raven Rock Mountain.

En lo adelante, a raíz de las decisiones de Donald Trump, el jefe del Estado Mayor Conjunto no estará sistemáticamente representado en las reuniones del Consejo de Seguridad Nacional. Sólo estará presente si el tema a discutir exige su presencia. Además, la CIA pierde el asiento que ocupaba en el Consejo de Seguridad Nacional, donde será eventualmente representadA por el director de la Inteligencia Nacional.

La CIA, que fue hasta ahora el brazo armado del presidente para la realización de las acciones secretas, finalmente se convierte en una agencia de inteligencia en el verdadero sentido de la palabra, o sea en una agencia encargada de estudiar los actores internacionales, de anticipar las acciones de dichos actores y de aconsejar al presidente.

Según un informe de su actividad anual, el Consejo de Seguridad Nacional ordenó en 2015 asesinatos políticos en 135 países.

Durante el periodo de transición y traspaso del poder, el presidente Trump anunció solemnemente que Estados Unidos ya no organizará cambios de régimen, como lo hizo o trató de hacerlo desde 1989 recurriendo a las técnicas de Gene Sharp, el fabricante de «revoluciones de colores».

El presidente Trump asignó además un puesto permanente en el Consejo de Seguridad Nacional a su estratega en jefe, en condiciones de igualdad con su jefe de gabinete.

La ex consejera de seguridad nacional de Barack Obama, Susan Rice, reaccionó duramente ante esos cambios a través de su cuenta de Twitter. La mayoría de los ex directores de la CIA también han saltado a la palestra para protestar.

domingo, 19 de febrero de 2017

La Hoja Caida

Una hoja se le cayó al profesor Ambrosio de su carpeta cuando salió del salón al finalizar la clase. Marta la recogió e intentó alcanzarlo para entregarsela, pero ya se había perdido entre el tumulto de estudiantes que había ese día en los pasillos y en todas partes. Decidió guardarla para devolversela después pero la curiosidad la venció y leyó lo que decía:

Por la mañana hazme saber de tu gran amor,
porque en ti he puesto mi confianza.
Señálame el camino que debo seguir,
porque a ti elevo mi alma.  

Salmos 143:8

Ya había escuchado los rumores. Algunos profesores de la Facultad comenzaban a hablar entre ellos sobre lo que estaba pasando con Ambrosio. Parece que no era bien visto por sus colegas el repentino cambio que estaba teniendo. Lo cierto es que ya se le veía leyendo en la cafetería, no sus textos de consulta comunes a cualquier otro profesor de filosofía, sino la Biblia. 

Desde entonces, las columnas comenzaron a mostrar fisuras.

martes, 14 de febrero de 2017

Sobre el Amor

Porque sólo  el  amor  tiene  la  facultad  de  traer  la  paz a  los  hombres y mujeres  de  buena  voluntad  en  la hora crepuscular de la historia.

El profesor Ambrosio departe, como es ya tradicional, en el Café La Romana, en el centro de la ciudad de Bogotá. Con numerosos estudiantes, amigos, curiosos, neófitos y tertulianos que admiran al profesor y están ansiosos por escucharlo. Su capacidad de convocatoria es algo que envidiaría cualquier político. Hoy la reunión será acerca del Amor, un tema poco o nada habitual en el tipo de charlas del profesor.

—Hay una fuerza fundamental, primordial, la más poderosa de todo el Universo, la más portentosa de la naturaleza— empieza el profesor

¿Y si Hitler hubiera ganado?: Leon Degrelle

Léon Degrelle nace el 15 de junio de 1906 en el seno de una familia numerosa en la pequeña ciudad belga de Bouillon, cerca de la frontera francesa, en la calle de Collége no 29. De clase media burguesa bien acomodada, el padre, Edouard Degrelle, era de origen francés y había sido diputado permanente.. Por parte materna el abuelo había sido igualmente un destacado político y médico de La Roche así como un mecenas de la cultura y de la literatura siendo incluso miembro fundador del diario "Lavenir du Luxembourg" que cubría esa región, el mismo diario en donde el joven Degrelle publicará su primer aporte literario el dos de noviembre de 1925, cuando tenía tan solo dieciocho años recién cumplidos. NacionalSocialista convencido, defensor del Führer, oficial de las Waffen SS, peleó del lado del Eje en la Legión Valonia, unidad extranjera de las SS.

 

¿Y si Hitler hubiera ganado?

Leon Degrelle (1906-1994)

—Esta es la gran incógnita:
Ello fue posible durante bastante tiempo. En noviembre de 1941, Hitler estuvo bien cerca de conquistar Moscú (alcanzó Los suburbios) y de bordear por entero el rió Volga, desde su nacimiento (a donde llegó), hasta su desembocadura (que estuvo a punto de conseguir). Moscú no esperaba más que la aparición de los carros de combate del Reich en la plaza del Kremlin para rebelarse Stalin hubiese saltado. Hubiera sido su fin.
Lanzadas desde el aire algunas columnas alemanas de ocupación, emulando a las del almirante Koltchak en 1919, hubiesen atravesado como una flecha toda Siberia. Frente al Océano Pacífico, la cruz gamada hubiese ondeado en Vladivostok. a diez mil kilómetros del Rhin.

¿Cuáles hubiesen sido las reacciones en el mundo?

La Inglaterra de finales de 1941 podía lanzar la toalla de un momento a otro. Hubiese bastado que, en una tarde de whisky demasiado abundante, Churchill hubiera caído tocado por un ataque de apoplejía. Que este inveterado bebedor se conservara tanto tiempo en alcohol no deja de ser un verdadero caso clínico. Su médico personal publicó, tras su muerte, numerosos y divertidos detalles acerca de la resistencia báquica de su ilustre cliente.

Pero, incluso vivo, Churchill dependía del estado de ánimo de su público. El público inglés intentaba aún, en 1941, mantener el tipo. Pero estaba ya cansado. La conquista de Rusia por Hitler, liberando así a toda la Luftwaffe, hubiese terminado aplastándole.

En el fondo, esta guerra ¿a qué conducía? Y. en realidad ¿a qué ha conducido? Inglaterra la terminó arruinada, privada de la totalidad de su imperio y desplazada, en el ámbito mundial, al rango de nación de segundo orden, tras sus cinco años de strip-tease político.

Un Chamberlain, en la piel de Churchill, hubiese enarbolado, desde hacia tiempo, una bandera blanca en la punta de su paraguas histórico.

En cualquier caso, solo frente a una Alemania victoriosa—dominando un imperio sin igual en el mundo, extendiéndose a lo largo de diez mil kilómetros, desde las islas anglo-normandas del Mar del Norte hasta las islas Sakhaline, en el Pacífico— Inglaterra no hubiese sido más que una barquichuela azotada por un ciclón. No hubiera resistido mucho tiempo sobre las olas.

Churchill se hubiera cansado— y los ingleses antes que él— de echar cubos de agua fuera de un cascarón cada vez más invadido. ¿Refugiarse lejos? ¿En el Canadá? Churchill, con la botella a cuestas, quizá hubiera llegado a ser allá un magnifico trampero o un experto tabernero. ¿En África? ¿En la India? El Imperio británico estaba ya perdido. No podía ser el último trampolín de una resistencia que no tenia ya ningún sentido.

No se hubiese siquiera oído hablar más nunca de De Gaulle, convertido en aplicado profesor en Quebec, repasando su autor preferido Saint-Simon, manteniendo entre sus manos la madeja de lana de la laboriosa «Tia Ivonne».

La victoria inglesa fue en verdad el botellazo de un viejo cabezón funcionando basándose en alcohol, desesperadamente agarrado a un clavo ardiendo y para quien los dioses de la santa orden del sacacorchos fueron excesivamente indulgentes. Pero una vez la URSS en manos de Hitler, en el otoño de 1941, la resistencia inglesa se hubiese derrumbado, sin Churchill o con Churchill.

Por lo que respecta a los americanos, ellos no habían entrado aún en guerra por aquellas fechas. El Japón les acechaba y se preparaba para el asalto.

Hitler, una vez dominada Europa, no se hubiera tenido que mezclar en los asuntos del Japón más de lo que este país se mezcló en la ofensiva alemana de 1941 sobre la URSS.

Los Estados Unidos, ocupados en Asia durante mucho tiempo, no hubiesen cargado con otra guerra en Europa, en aquellas circunstancias. El conflicto militar Estados Unidos-Hitler no hubiese tenido lugar, a despecho de los rencores belicistas del viejo Roosevelt, ya verde y cadavérico, enfundado en su capa de cochero de simón, y a pesar de las sugerencias dictatoriales de su esposa Eleonor, enseñando los dientes en su ardor guerrero, dientes salientes semejando la pala de un caterpillar.

Admitamos pues que, al terminar el otoño de 1941 (se quedó a un cuarto de hora), Hitler se hubiese instalado en el Kremlin, de la misma manera que se había instalado en Viena en 1937, en Praga en abril de 1939 y en el vagón del armisticio en Compiegne, en julio de 1940.

¿Qué hubiera pasado en Europa?
Hitler hubiera unificado Europa por la fuerza, sin duda alguna.
Todo lo que se hizo de importancia histórica en el mundo se hizo, siempre, por la fuerza.

Es lamentable; se dirá.
Seria en verdad más decente que el pueblo llano, las damas de la catequesis parroquial y las impávidas vestales del ejército de la Salud, nos reunieran democráticamente en tranquilas y apacibles comunidades territoriales, ambientadas con olor a chocolate, mimosa y agua bendita.

Pero la realidad es que nunca ocurre así.

Los Capeto no forjaron el reino de Francia a golpe de elecciones con sufragio universal. Aparte de alguna que otra provincia colocada en el tálamo real al mismo tiempo que la camisa de noche, por una joven esposa bien dotada, el resto del territorio francés se constituyó a golpes de arcabuces y ballestas. En el Norte, conquistado por los ejércitos reales, sus habitantes se vieron expulsados de sus ciudades— Arras, sobre todo— como ratas huidizas. En el Sur, en la región albigense que resistió a Luis VIII, los cátaros, combatidos, derrotados y abatidos por los cruzados de la Corona, terminaron abrasados en sus castillos, especies de hornos crematorios de antes del hitlerismo. Los protestantes de Coligny acabaron en las picas de la noche de San Bartolomé o balanceándose en Las horcas de Montfaucon. La revolución de los Marat y Fouquier-Tinville prefirió, para afirmar su autoridad, el reluciente acero de la gulliotina a las tertulias amigables con los electores, en la taberna de la esquina.

Napoleón ensartó con su bayoneta a cada una de las fronteras de su Imperio.
La España cristiana no invitó a los moros a españolizarse al ritmo de sus castañuelas. Los combatió tenazmente durante los ocho siglos que duró la Reconquista, hasta que el último de los abencerrajes, pegando los talones al trasero, alcanzó las palmeras y cocoteros de las costas africanas.

Tampoco pensaron los moros unificar amablemente el Sur español sino clavando a los resistentes en las puertas de las ciudades, como Córdoba, entre un perro y un cerdo crucificados a ambos lados. En el siglo pasado, Bismarck forjó con cañones la unidad alemana, en Sadowa y en Sedan. Garibaldi no unió las tierras italianas con el rosario en la mano, sino tomando al asalto la Roma pontifical.

Los Estados Unidos de América no llegaron a ser Unidos hasta la exterminación de sus antiguos propietarios y moradores, Los pieles rojas, y sólo después de cuatro años de matanzas bien poco democráticas, a todo lo largo de la Guerra de Secesión. Y aún ahora, veinte millones de negros vegetan en aquel país bajo la férula de los blancos que, en el siglo pasado, continuaban marcando con hierros al rojo vivo a sus padres, como lo hacían con sus reses. Solo los suizos lograron constituir, más o menos pacíficamente, su pequeño estado de relojeros, lecheros y banqueros. Pero, aparte la celebridad de la manzana de Guillermo Tell, sus dignos cantones nunca brillaron, exageradamente en la historia política universal.
Los grandes imperios, Los grandes estados, se forjaron todos por la fuerza.

¿Que es lamentable?

Seguramente, pero es un hecho incontestable.
Hitler, acampando en una Europa poco dócil, no hubiese hecho más ni menos que César conquistando las Galias, que Luis XIV apoderándose del Rosellón, que los ingleses tomando Irlanda, acosando y persiguiendo a sus habitantes, que los americanos disparando los cañones de sus cruceros contra Filipinas, Puerto Rico, Cuba, Panamá y trasladando, a golpe de cohetes, sus fronteras militares hasta el paralelo 37, sobre Vietnam.

La democracia, es decir el consentimiento electoral de los pueblos, no viene sino después, cuando todo termina. Las masas no observan el universo más que a través de las pequeñas ventanas de sus preocupaciones personales. Nunca un bretón, un flamenco, un catalán del Rosellón hubiesen, por si mismos, actuado para integrarse en una unidad francesa. El badense sólo pretendía seguir siendo de Baden, el gantés, de Gantes. El padre de uno de mis amigos de Hamburgo, prefirió emigrar a los Estados Unidos, después de 1870, antes que verse integrado en el Imperio de Guillermo I.

Son las elites las que hacen el mundo. Y son los fuertes, no los débiles, los que empujan a los demás hacia adelante.

En 1941, o en 1942, incluso si la victoria de Hitler en Europa hubiese sido total, irreversible, incluso, si, como decía el ministro socialista belga Spaak, Alemania hubiese sido dueña de Europa por mil años, los descontentos hubiesen proliferado por millones. Cada uno de ellos se hubiese aferrado a sus costumbres, a su patria chica, superior, por supuesto, a todas las demás regiones. Siendo yo estudiante, no dejaba de escuchar con asombro a mis camaradas de Charleroi, que cantaban sin cesar, entre trago y trago de cerveza, la belleza de su comarca. Y sin embargo, se trata de una de las más feas zonas del mundo, con sus enormes colmenas para los mineros, negras como las entrañas de sus minas. Pero no por ello dejaba de entusiasmar a sus enamorados naturales. Todos se aferraràn a sus pueblos, a sus provincias, a sus reinos, a sus repúblicas. Pero este complejo europeo de lo pequeño y lo mezquino podía evolucionar, estaba a punto de cambiar. Una acelerada evolución resultaba cada vez más realizable. Se dieron en el curso de la historia numerosas pruebas de la posibilidad de unir a los europeos, por muy distintos que parecieran entre si. los cien mil protestantes franceses que se vieron obligados a abandonar su país tras la revocación del edicto de Nantes, en el siglo XVII, se acomodaron maravillosamente a los prusianos que les hospedaron. En el transcurso de nuestros combates de febrero y marzo de 1945, en las ciudades alemanas del este y del oeste del Oder, vimos por todas partes, sobre las placas que llevaban los carros de los campesinos, admirables nombres franceses que recordaban las regiones de Anjou y de Aquitania. En el frente, abundaban los Von Dieu le Vent, los Von Mezieres, los de la Chevalerie.

Por el contrario, cientos de miles de colonos alemanes se esparcieron, en el transcurso de siglos, a través de los países bálticos, en Hungría, Rumania e incluso— en número de ciento cincuenta mil— a lo largo del gran rió ruso, el Volga. Los flamencos, que se instalaron en gran número en el Norte de Francia, dieron a ésta sus más tenaces elites industriales. Las ventajas que proporcionaron estas cohabitaciones fueron también sensibles en el área latina.

Los españoles de izquierda, que no tuvieron más remedio que refugiarse en Francia tras su derrota en 1939, se confundieron, en sólo una generación, con los franceses que les admitieron: una María Casares, hija de un primer ministro del Frente Popular, ha llegado a ser una de las más admiradas artistas del teatro francés. Los cientos de miles de italianos instalados en Francia, impulsados por la necesidad, también llegaron a confundirse, en el transcurso del pasado siglo, con los naturales del país y ello con una facilidad asombrosa. A tal punto que uno de los más grandes escritores de Francia de aquella época fue un originario de Venecia: Zola. En nuestra época, los escritores franceses, hijos de italianos forman legión, Giono a la cabeza.

El imperio napoleonico también ensambló a los europeos sin importarle demasiado su opinión. Lo que no impidió que sus elites se compenetraran con una extraordinaria rapidez: el alemán Goethe llegó a ser caballero de la Legión de Honor; el príncipe polaco Poniatowski alcanzó el grado de mariscal de Francia; Goya abasteció al Museo del Louvre de maestros españoles; Napoleón se proclamaba, en sus monedas, Rex Italicus. Los eternos descontentos, esparcidos en diez países diferentes de Europa, se hubiesen acercado los unos a los otros y, finalmente, hubiesen fraternizado, exactamente como lo hicimos nosotros en las filas de Las Waffen S. S., en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial.

Pero cada vez que esto ocurrió, fueron el exilio o la guerra, o la necesidad de ganar el pan de cada día o la voluntad de hierro de un hombre fuerte, el que lo provocó.

Normalmente, los pueblos de Europa quedaron siempre en el pequeño redil de sus fronteras. No las traspasaron — siempre con éxito— más que cuando fueron empujados fuera de ellas.

Estas fecundas experiencias, escalonadas en el tiempo, de los más diversos europeos uniéndose, tanto de Prusia como de Aquitania, de Flandes como de Andalucía o Sicilia, podían perfectamente repetirse y ampliarse. Ganada o perdida, la Segunda Guerra Mundial iba a proporcionar la arrancada inicial. Había obligado a todos los europeos y sobre todo a los que parecían más irreductibles adversarios, franceses y alemanes, a conocerse más de cerca y ello, les gustara o no, se detestaran o no, de grado o por fuerza. Esos cuatro años de enfrentamiento no resultarían del todo vanos. Ninguno iba a olvidar la cara del contrario. Los males momentos se olvidarían. Sólo se recordaría lo que de verdad contaba. La confrontación de los pueblos europeos se había realizado.

Durante los veinticinco años que siguieron a este enfrentamiento de 1940, otros contactos tuvieron lugar, y a la cadencia y velocidad propias de nuestra época. Decenas de millones de europeos han viajado cada año. Ya no es el extranjero un ser que se mira con recelo u odio, con desprecio o burla. Se convive con él. El Bresson ya no ve únicamente el universo a través de sus quesos azules y sus pollos anillados. El normando fue más allá de su fábrica de sidra y el belga de su jarra de cerveza. Millares de suecos y alemanes viven en la Costa del Sol malagueña.

El francés Michelin, a pesar de todo, se asoció con el italiano Agnelli y el alemán Gunther Sachs pudo casarse con una actriz y... divorciarse, sin que para ello la República Francesa se derrumbara. Hasta el general De Gaulle encontró interesante descubrir a los franceses que llevan en las venas sangre alemana, gracias a un tío abuelo devorador de chucrut, ¡nacido en la región en que se hicieron más populares los nazis!

Ahora, los jóvenes, frecuentemente, carecen incluso de sentido de la patria. Se sienten desnacionalizados. Se han creado su mundo, un mundo de audaces y extravagantes ideas, de trepidantes canciones, de largos y abundantes cabellos, de raídos pantalones, de llamativas camisas, de chicas abiertas con largueza a la confusión de las nacionalidades. El pequeño gallo francés de 1914 y la imponente águila alemana planeando sobre la ciudad dejaron de emitir sus quiquiriquis y gruñidos. Sus plumas, sus picos, sus continuas riñas, representan ya para la nueva generación piezas prehistóricas.

Este acercamiento europeo, incluso mundial, que sumergió, en un cuarto de siglo, siglos de historia, se ha operado sin ningún estimulante político, sólo a base de que los turistas circulen por millones de un país a otro, de que cada uno vea en el cine o en la televisión otros paisajes y horizontes. Las costumbres se han entremezclado tan naturalmente que semejan ya un verdadero cocktail en el que entran a formar parte los más variados ingredientes.

Bajo Hitler, ciertamente, el proceso de unificación se hubiese desarrollado más rápidamente aún, y sobre todo menos anárquicamente.

Una grande y común construcción política hubiera orientado y concentrado todas las tendencias.
En principio, millones de jóvenes, tanto alemanes como no alemanes, que habían luchado juntos desde el Vístula polaco al Volga ruso, se habían convertido, a base de esfuerzos y sufrimientos en común, en camaradas para toda la vida. Se conocían. Se estimaban. Las ridículas rivalidades europeas de antaño, manías de burgueses empedernidos, nos parecían irrisorias. Al llegar 1945, nosotros constituíamos un verdadero núcleo de un millón de combatientes S. S., unidos para siempre.

Europa, masa amorfa, nunca había contado con él. Ahora ya existía. Y en su existencia estaba el futuro. A la juventud se le iba a ofrecer un mundo nuevo, una Europa surgida de genios y de las armas.

Los millones de jóvenes europeos que sólo fueron testigos de la guerra, mientras consumían las conservas de papa y realizaban ensayos de mercado negro, iban a despertar a la misma tentación. En lugar de vegetar en Caudebecen-Caux o en Wuustwezel, dedicados durante cincuenta años a los arenques ahumados o las manzanas maduras, hubiesen dirigido toda su atención a las tierras sin fin del Este, que a todos se les ofrecían, tanto a los de la Frisia, como a los de Burdeos, a los de Baviera como a los de los Abruzos. Allí podrían todos forjarse una verdadera vida, de hombres, de creadores, de jefes.

Toda Europa hubiese sido traspasada por esta inmensa corriente de energía y dinamismo.

El ideal que había empapado, en tan pocos años, a toda la juventud del Tercer Reich, porque significaba la audacia, la entrega, el honor, la proyección hacia lo verdaderamente grande y hermoso, hubiese calado en lo más hondo de los demás jóvenes de Europa. ¡Ya no mas vidas mediocres! ¡Nada de horizontes obscuros y angostos! ¡Al diablo con la vida vulgar aferrada a la misma región, al mismo tajo, a la misma vivienda de siempre, a los mismos prejuicios de los padres y abuelos, inmovilizados en lo pequeño, en lo añejo y mohoso.

Un mundo vibrante empujaría a los jóvenes europeos a través de miles de kilómetros sin fronteras en donde airear los pulmones plenamente, descubrir nuevas y escondidas riquezas, conquistarlo todo con fe y alegría. Incluso los viejos hubiesen seguido, al fin y al cabo detrás de su dinero. En lugar de perderse en desabridos conciliábulos, en discusiones sin límite, en paradas de relojes bloqueados para prolongar los debates, la voluntad de hierro de un Jefe, las decisiones de equipos responsables y homogéneos que aquél organizaría para acometer adecuadamente su obra, hubiesen creado, en veinte años, una Europa real en vez de un congreso vacilante, compuesto por comparsas carcomidas por la desconfianza y las reservas mentales, una gran unidad política, social y económica sin círculos cerrados y sin individualísimos egoístamente nacionales.

¡Había que oír a Hitler exponer, en su barracón de madera, sus grandes proyectos para el futuro! Canales gigantescos unirían a todos los grandes ríos europeos, abiertos a los barcos de todos, del Sena al Volga, del Vistula al Danubio. Trenes de cuatro metros de ancho y de dos pisos, en el primero, las mercancías, en el segundo, los viajeros —rodando sobre vías elevadas, franquearían cómodamente los inmensos territorios del Este en donde los soldados de ayer hubiesen creado las explotaciones agrícolas y las industrias más modernas y pujantes que imaginarse pueda, destinadas a 500 millones de clientes europeos.

¿Qué representan?
Por fin, las escasas concentraciones, interminablemente discutidas, renqueantes sobre soportes artificiales, intentadas bajo la égida del actual Mercado Común, al lado de los grandes conjuntos que una autoridad real hubiese podido llegar a constituir, o a imponer si ello hubiera sido necesario. Las buenas económías europeas de entonces, disparatadas, contradictorias, hostiles entre si, agotándose en un interminable doble juego, egoístas y anárquicas, hubiesen sido impulsadas por el puño de hierro de un jefe a cumplir las leyes de una coproducción inteligente y de un interés común.

Durante veinte años hubiese el público gruñido, refunfuñado. Pero, al cabo de una generación, se hubiese llevado a cabo la unidad. Europa hubiese constituido para siempre la más potente unidad económica del orbe, y el más imponente hogar de inteligencia creadora de la historia. Las masas europeas hubiesen podido entonces respirar. Una vez ganada esta batalla de la unidad, se hubiese suavizado la disciplina.

¿Hubiese devorado Alemania a Europa?
El peligro existía. ¿Por qué no decirlo? El mismo peligro había existido anteriormente. La francia de Napoleón hubiese podido devorar Europa. Personalmente, no lo creo. Los diversos genios europeos, ya bajo el Emperador, se hubiesen compensado. La misma ambición de dominación esperaba, incontestablemente, a la Europa hitleriana. Los alemanes tienen reputación de comer mucho... Algunos consideraban a Europa como un plato propio. Eran capaces de tragarse todo y esperaban, tensos, la ocasión.

¡Por supuesto que si!
Y nosotros nos dábamos cuenta de ello. Lo temíamos. De lo contrario hubiésemos sido unos memos o, por lo menos, unos ingenuos, lo que, en política, viene a ser lo mismo. Adoptamos nuestras precauciones, tomando, lo más firmemente posible, posiciones de control o de prestigio con las que poder defendernos y capear lo mejor posible el temporal.

Ello tenia sus riesgos, es cierto. Negarlo seria imbécil. Pero también existían motivos de confianza que eran bastante convincentes. En primer lugar, Hitler era un hombre acostumbrado a ver lejos y al que el exclusivismo alemán no le ahogaba. Había sido austriaco, después alemán, luego germánico. A partir de 1941 ya había superado todas estas etapas: era europeo. El genio sobrevuela fronteras. Y razas; Napoleón, por su parte, no había sido al principio mas que corso y corso antifrancés. Al final, en Santa Elena, hablaba del como de un pueblo querido, pero no el suyo exclusivo. ¿Qué quiere el genio? Superarse continuamente. Mientras más considerable es la masa a moldear, más en su elemento está.

Europa, para Hitler, era una construcción de talla digna de él. Alemania no era más que un inmueble importante que él había edificado y que ahora observaba con complacencia. Pero él iba más lejos. Por su parte no existía ningún peligro real con la alemanización de Europa. Esta alemanización se encontraba en el extremo opuesto de todo lo que su ambición, su orgullo, su genio, vislumbraban y le dictaban.

¿Que había otros alemanes?
Si, pero también había otros europeos. Y estos otros europeos poseían cualidades propias, excepcionales, indispensables a los alemanes, sin las que su Europa no hubiese sido más que un pan mal amasado. Me refiero, fundamentalmente, al genio francés. Nunca hubiesen podido los alemanes, para dar vida a Europa arreglarse sin el genio francés, aunque no hubiesen querido recurrir al mismo y aunque, como era el caso de algunos, lo despreciaran.

Nada era posible y nada será nunca posible en Europa sin la finura y la gracia francesas, sin la vivacidad y la claridad del espíritu francés. El pueblo francés tiene una rápida inteligencia. Con ella capta, asimila, traspone, transfigura. El gusto francés es perfecto. Jamás se volverá a realizar una segunda Cúpula de los Inválidos. Nunca existirá otro río tan encantador como el Loira. Jamás habrá una elegancia, un encanto, un placer de vivir como en París.

La Europa de Hitler hubiese sido amazacotada al principio. Al lado de un Goering, señor del Renacimiento, que poseía el sentido de lo fastuoso y de lo artístico, y de un Goebbels, inteligente y vivo como una ardilla, muchos jefes hitierianos eran burdos, vulgares como arrieros, sin gusto, repartiendo su doctrina, sus ideas, sus órdenes, como la carne picada o sacos de abonos orgánicos. Pero, precisamente por esta pesadez, el genio francés le hubiese sido indispensable a esta nueva Europa. Hubiese hecho maravillas en su seno. En diez años lo hubiese marcado todo.

El genio italiano también hubiese hecho contrapeso a la potencia demasiado tosca de los germanos. Con frecuencia se ha hecho burla de los italianos. Se ha visto, sin embargo, después de la guerra, de qué eran capaces. Tan fácilmente como lo vienen haciendo en el seno del Mercado Común, ellos hubiesen invadido a la Europa hitleriana con su moda elegante, sus impecables zapatos, sus rápidos y ligeros coches.

Igualmente hubiese intervenido el genio ruso, y de una manera considerable, estoy seguro, en el refinamiento de una Europa demasiado alemana en donde doscientos millones de eslavos del Este iban a ser integrados. Cuatro años viviendo mezclados al pueblo ruso, hicieron que los combatientes antisoviéticos lo estimaran; admiraran y amaran.

La desgracia reside en que, desde hace medio siglo, las virtudes de esos doscientos millones de brava gente se encuentran ahogadas— y peligran de estarlo aún bastante tiempo— bajo la enorme losa de plomo del régimen soviético.

Este pueblo es tranquillo, sensible, inteligente y artista y posee al mismo tiempo el don de las matemáticas, lo que no resulta contradictorio: la ley de los números es la base de todas las artes.

Por otra parte, era mil veces menos nacionalista que los otros pueblos de Europa, hinchados ruidosamente por siglos de luchas fanáticas y fratricidas. Al penetrar en Rusia, los alemanes, que habían estado sometidos a un adoctrinamiento nazi demasiado primitivo, imaginaban que los únicos seres realmente de valor del universo eran los de raza aria y que, obligatoriamente, debían ser gigantes, bien constituidos, más rubios que el té y los ojos azules como el cielo andaluz.

Resultaba todo esto bastante cómico, puesto que Hitler no era grande y tenia el cabello castaño, aunque si unos atrayentes ojos azules. A Himmler le ocurría lo mismo. Goebbels tenia una pierna más corta que otra, era bajo y de tez morena. Zeep Dietrich tenia el aspecto de un encargado de bar marsellés. Borman era encorvado como un campeón ciclista retirado. ¡Aparte algunos gigantes, que servían el aperitivo en la terraza de Berchtesgaden, los superhombres de pelo oxigenado y ojos azulados no abundaban, como se ve, al lado de Hitler!

Puede imaginarse la sorpresa de los alemanes, atravesando Prusia y no encontrando más que rubios de ojos azules, tipos exactos de estos arios perfectos a los que se les había obligado a admirar en exclusiva. ¡Rubios! ¡Y rubias! ¡Y qué rubias! Grandes campesinas, espléndidas, fuertes, de ojos celestes, más naturales y sanas que las que habla podido reunir la HitlerJugend.

¡No podía imaginarse siquiera raza más típicamente adaptada a los sacrosantos cánones del hitlerismo!

En seis meses se hizo rusófilo todo el ejército alemán.

Se fraternizaba con los campesinos por todas partes. ¡Y con las campesinas! Como ocurrió con Napoleón, Europa se formaba también en los brazos de las europeas y, en este caso, de estas bellas jóvenes rusas, hechas para el amor y la fecundidad y a las que se vio, durante la retirada, seguir frenéticamente, entre el fragor de los más terribles combates, a los Eric, los Walter, los Karl, los Wolfgang que les habían enseñado, en los momentos de descanso, el placer de amar y su encanto, aunque ello viniera del Oeste.

Algunos profesores nazis profesaban teorías violentamente antieslavas. Pero éstas no hubiesen resistido más de diez años de compenetración ruso-germánica. Los rusos de ambos sexos hubiesen conocido al alemán rápidamente. Ya empezaban a conocerlo bien. Encontrábamos manuales alemanes en todas las escuelas. El lazo del idioma se hubiese desarrollado en Rusia más rápidamente que en cualquier otro lugar de Europa.

El alemán posee admirables cualidades de técnico y de organizador. Pero el ruso, soñador, es más imaginativo y más vivo de espíritu. Uno hubiese completado al otro. Los lazos de sangre hubiesen hecho el resto. Los jóvenes alemanes, a pesar de lo que hubiese querido hacer en contra la propaganda, hubiesen desposado a cientos de miles de jóvenes rusas. Les gustaban. La creación de la Europa del Este se hubiese completado de la forma más agradable. La conjunción germano-rusa hubiese hecho maravillas.

Si, el problema era gigantesco: soldar quinientos millones de europeos que no tenían, al principio, ningún deseo de coordinar su trabajo, de acoplar sus esfuerzos, de armonizar sus caracteres, sus particulares caracteres. Pero Hitler llevaba en sì mismo el genio y el poder suficientes para imponer y realizar esta obra gigante en la que hubiesen fracasado cientos de políticos mediocres y vulgares. Millones de soldados hubiesen estado allí para secundar su acción de paz, soldados llegados de toda Europa, los de la División Azul y los de los países bálticos, los de la División Flandes y los de los Balcanes, los de la División francesa Carlomagno y sus cientos de miles de camaradas de treinta y ocho divisiones de las Waffen S. S.

Sobre la península reducida que subsistió en el Oeste de Europa, después del naufragio del Tercer Reich, se han edificado, al fin y al cabo, los cimientos, mal afirmados, poco estables, de un Mercado Común muy híbrido, foco de rivalidades. Bien. Pero una verdadera Europa, animada por un ideal heroico y revolucionario, construida a lo grande, hubiese tenido sin embargo otro aspecto bien distinto. La vida de la juventud de toda Europa hubiese tomado otros derroteros y sentidos que los de los beatniks errantes y protestatarios, justamente rebelados contra unos regímenes democráticos que fueron incapaces de darles, después de 1945, unos objetivos que pudieran entusiasmarles y que, por el contrario, les hastiaron durante los años de la postguerra.

Tras diversos tira y afloja, Los distintos pueblos europeos se hubiesen sorprendido de ver que se completaban mutuamente tan bien. Los plebiscitos populares hubiesen confirmado, vivos nosotros aún, que la Europa de la fuerza se habìa convertido, desde los Pirineos al Ural, en la Europa libre, la comunidad de quinientos millones de europeos aquiescentes.

Es una pena que Napoleón, en el siglo XIX, fracasara. La Europa, fundida en el crisol de su epopeya, nos hubiese ahorrado muchos males y, sobre todo, las dos guerras mundiales. Hubiese tomado a tiempo, en sus hábiles manos, la gran máquina del universo, en lugar de dejar que cada uno de nuestros países se agotara, lejos del continente, en absurdas rivalidades colonialistas, a menudo abyectas y odiosas y que, a la larga, se revelaron como poco remunerativas.

Igualmente resulta lastimoso que en el siglo XX fracasara Hitler a su vez. El comunismo hubiese sido barrido del mapa. Los Estados Unidos no hubiesen plegado el universo a la dictadura de las conservas. Y después de veinte siglos de simples balbuceos y esfuerzos baldíos, los hijos de quinientos millones de europeos, unidos quizá a pesar de ellos al principio, hubiesen gozado por fin de la unidad política, social, económica e intelectual más poderosa del planeta.

¿Hubiese sido una Europa de campos de concentración ?
¡Ya se ha utilizado demasiado este estribillo! ¡Como si no hubiese habido otra cosa en aquella Europa en construcción! ¡Como si, tras la caída de Hitler, no hubiesen continuado los hombres con su propio exterminio en Asia, en América, incluso en Europa, en las calles de Praga o de Budapest!
¡Como si las invasiones, las violaciones de territorios, los abusos de poder, los complots, los raptos políticos no hubiesen florecido más que nunca, en Vietnam, en Santo Domingo, en Venezuela, en la Bahía de los Cochinos de Cuba, en Argelia, en Indochina, en Biafra, y hasta en el mismísimo París, a propósito del asunto Ben Barka, ya olvidado!

Otro ejemplo lo constituye también lo ocurrido en el Próximo Oriente. ¡Por qué no decirlo! No es Hitler precisamente, sino el israelita Dayan el que montó sin más aviso sus operaciones relámpago, el que lanzó sus carros de combate hasta el canal de Suez y ocupó a !a fuerza territorios de los árabes tres veces mayores que los suyos, Los guardó a pesar de todas las conferencias de la ONU, y encerró los pueblos ocupados en miserables campos de concentración.

Hay que estar— ¡si!— contra la violencia, pero contra todas las violencias. No solamente contra las violencias de Hitler, sino también contra las violencias del primer ministro francés Mollet, cuando lanzó millares de paracaidistas sobre el canal de Suez en 1956, con tanta premeditación como alevosía; contra las violencias galas en Argelia, donde miles de crímenes de guerra se perpetraron con el beneplácito de los sucesivos gobiernos franceses; contra las violencias de los americanos machacando, a quince mil kilómetros de Massachussetts o de Florida, a los vietnamitas, exterminando atrozmente a multitud de mujeres y de niños indefensos; contra las violencias de los ingleses atiborrando de armas a los nigerianos para recuperar los pozos de petróleo supercapitalistas gracias a un millón de cadáveres biafreños, entre los cuales centenares de millares de chiquillos muertos de hambre, verdadero e implacable genocidio; contra las violencias de los soviets, que aplastaron bajo sus carros de combate a húngaros y checos que se resistían a su tiranía; y contra las violencias repetidas de Israel, conquistando, aplastando, multiplicando raptos y represalias.
Idénticos reparos respecto a los crímenes de guerra.

Se arrastró a los vencidos a Nuremberg, se les encerró en celdas como a monos, se prohibió a sus defensores hacer uso de los documentos que hubieran podido molestar o comprometer a los acusadores, fundamentalmente los que hacían referencia a las matanzas, en Katyn, de quince mil oficiales polacos, ¡sólo porque los representantes de Stalin—el supremo asesino del siglo— formaban parte del Tribunal de Crímenes de Guerra de Nuremberg, en cuyo banquillo tenia que haberse sentado el propio jefe de la URSS.

Si se pretende recurrir a tal procedimiento, que valga para todos los criminales, no sólo para los criminales alemanes, sino también para los criminales ingleses que masacraron a doscientos mil inocentes en el bombardeo monstruoso de Dresde, a los criminales franceses que, sin juicio alguno, fusilaron en su territorio en el otoño de 1944 a prisioneros alemanes sin defensa, a los criminales americanos que trituraron los órganos sexuales de los prisioneros S. S. de Malmédy, en 1945, y experimentaron sin necesidad militar sobre un Japón vencido, que ofrecía desde hacia tres meses la capitulación, la madre monstruosa de todo el chantaje mortal de ahora, la bomba atómica de Hiroshima.

Este procedimiento debería valer igualmente para los criminales soviéticos que clausuraron la Segunda Guerra Mundial con horribles e innumerables crueldades llevadas a cabo metódicamente en la Alemania del Este y que hacinaron a millones de personas en sus inmensos campos de concentración instalados en el Mar Blanco y en Siberia.

Y sin embargo estos campos no se cerraron después de la Segunda Guerra Mundial como los supuestos del Tercer Reich, con los que, veinticinco años después de la liquidación, nos siguen martilleando los oídos. Estos campos soviéticos siguen existiendo hoy día. Siguen funcionando en la actualidad. A ellos se siguen enviando miles de seres humanos que tuvieron la desgracia de caer mal a los señores Brejnev, Kossyguine y demás inocentes corderos democráticos.

Sobre estos campos, en plena actividad, en donde los soviets encierran incansablemente a todos los que se oponen a su dictadura, nadie osa pronunciar una solo palabra de protesta sincera entre los chillones de la democracia.

Ninguno de éstos se irrita siquiera, ni pide sanciones internacionales.
Lo mismo ocurre frente a las desobediencias de Israel a las decisiones clarísimas y repetidas de la ONU. ¿Qué pasa entonces? ¿Dónde está la preocupación para la verdad y la equidad? ¿Dónde está la buena fe? ¿Dónde la farsa?

¿Quién es más repugnante? ¿El que mata o el que representa la comedia de la virtud y se calla?

Viendo la impunidad total de que gozan los criminales de paz y de guerra, sólo porque no son alemanes, todos los malhechores de la posguerra se han aprovechado, torturando hasta la muerte a un Lumumba, eliminando un Tshombe en Argelia, acribillando con metralletas a un Ché Guevara en Bolivia; asesinando, revólver en mano, ante la prensa, a los prisioneros, en pleno Saigón; absorbiendo territorios ajenos en todas las fronteras de Israel; organizando, con las más poderosas complicidades, en Texas como en California, la carnicería pública de los Kennedy porque molestaban a los reales tenedores del poder —Pentágono y alta finanza— abrigados con la manta de Los Estados Unidos.

¡Todos los criminales políticos al banquillo! ¡Cualesquiera que sean y donde quiera que estén!.
De lo contrario, tantas virtuosas protestas de censores indignados cuando se trata de Hitler y mudos cuando ya no se trata de él, no constituyen más que abyectas comedias, tendentes a convertir el espíritu de justicia en espíritu de venganza y la critica de la violencia en la más tortuosa de las hipocresías.

¡Paz a los muertos que cayeron bajo Hitler! Pero el tam-tam infernal repetido incansablemente sobre sus tumbas por los falsos puritanos de la democracia termina por resultar indecente. Hace más de veinte años que se reitera, a través del mundo, este escandaloso chantaje, escandaloso porque se perpetra con tanto partidismo como cinismo. El sentido único está bien para las calles estrechas. Pero no resulta adecuado para la Historia. Esta no consiente que se la convierta en un callejón sin salida, en donde esperan al acecho los provocadores de odio eterno, los sepulcros blanqueados, los falsificadores y los impostores. El balance es el balance.

A pesar de la derrota en Rusia, a pesar de que Hitler terminara abrasado, a pesar de que Mussolini fuera colgado, habrán sido— junto con la instauración y la consolidación de los soviets en Rusia— el gran acontecimiento del siglo.

Algunas de las preocupaciones del Hitler de 1930 se han esfumado.

La nación del espacio vital ha sido superada. La prueba está en la Alemania del Oeste, reducida a la tercera parte del territorio del Tercer Reich, y que es hoy día más rica y poderosa que el Estado hitleriano de 1939. Los transportes internacionales y los marítimos a bajo precio han cambiado todo. Sobre una roca pelada, pero bien situada, se puede hoy instalar la más potente industria del mundo, como se ha visto en el Japón. El campesinado, extraordinariamente favorecido por los fascismos, pasó en todas partes a un segundo plano. Una finca inteligentemente industrializada reporta más, en los momentos presentes, que cien explotaciones sin racionalizar y sin disponer del material moderno adecuado. Antaño mayoría, los campesinos no constituyen hoy sino una minoría, cada vez más reducida. El pastoreo y el cultivo, dejaron de ser los pechos de los pueblos, sobrealimentados o no disponiendo de dinero para alimentarse. 

Incluso las doctrinas sociales que no tenían en cuenta más que el capital anónimo y el trabajo individual, están superadas. Un tercer elemento interviene cada vez más: la materia gris. La economía dejó de ser un  matrimonio de dos para pasar a serlo de tres. Un gramo de inteligencia creadora tiene más importancia,  frecuentemente, que un tren cargado de carbón o de pirita. El cerebro ha  llegado a convertirse en la materia prima por excelencia. Un laboratorio de investigaciones científicas puede valer más que una cadena de  montaje. Antes que el capitalista y que el trabajador, el investigador.

Sin él, sin sus equipos altamente especializados, sin sus computadoras y sin sus estadísticas, el capital y el  trabajo son simples cuerpos muertos. Hasta los mismos Krupp y los Rotschild han debido ceder el puesto  a cabezas mejor dotadas. La evolución de estos problemas, ya evidentes en 1940, no tomó por sorpresa a Hitler. Él leía todo, estaba al corriente de todo. Sus laboratorios atómicos fueron los primeros del  mundo. Lo propio del genio es superarse siempre. Hitler, hogar imaginativo en continua combustión, hubiese   previsto el acontecimiento y el cambio.

Había, ante todo, formado hombres. Alemania, Italia también, a pesar de ser los vencidos, los aplastados (el III Reich no era, en 1945, más que un fabuloso montón de ladrillos y cascotes) no tardaron mucho en situarse a la cabeza de Europa. ¿Por qué? Porque la gran escuela del hitlerismo y del fascismo, había creado y había formado a miles de jóvenes jefes, había impregnado de personalidad a miles de seres y les había revelado, en circunstancias excepcionales, sus dotes de organización y de mando que la rutina idiota, semi - burguesa, de los tiempos precedentes, no les habría permitido nunca poner en juego. El milagro alemán de después de 1945 fue eso: una generación, triturada materialmente, había sido preparada insuperablemente para el papel de dirigentes por una doctrina basada en la autoridad, en la responsabilidad, en el espíritu de iniciativa; en la prueba de fuego, esta doctrina había dado a los caracteres el temple del mejor acero, y esto, en los momentos en los que hacía falta levantarlo todo, rehacerlo todo, se reveló como una innumerable palanca. Pero Alemania e Italia no fueron las únicas que se vieron afectadas por el gran huracán hitleriano. Nuestro siglo se había conmovido por él hasta en sus fundamentos, transformado en todos los ámbitos,  tanto si se trata del Estado, de las relaciones sociales, de la economía, o de la investigación científica.

El actual despliegue de descubrimientos modernos, desde la energía nuclear a la miniaturización, fue Hitler ¡tápense las orejas, si quieren, pero es así! el que lo puso en marcha mientras Europa dormía el sueño de los gandules sin ver más allá de sus narices. ¿Qué hubiese sido de un von Braun, joven y fuerte germano, totalmente desconocido y sin recursos, sin Hitler? Durante los más ingratos años, éste le empujó, le estimuló.  Goebbels tomó el relevo a  veces, sosteniendo a von Braun con su amistad. Incluso en 1944, este ministro el más inteligente de los ministros de Hitler dejaba a un lado sus ocupaciones para animar personalmente a von Braun en la intimidad. Como éste, se dieron centenares de casos. Tenían talento. Pero, ¿qué hubiesen hecho solo con su talento? Los americanos sabían muy bien que el porvenir científico del mundo entero estaba allí, en los laboratorios de Hitler. Mientras se dejaban complacientemente presentar como los reyes de la ciencia y de la técnica, no tuvieron otra preocupación, al resultar vencedores en mayo de 1945, que el precipitarse a  través del  territorio del III Reich, aún  humeante, para intentar recuperar a cientos de sabios atómicos. Los soviets llevaron a cabo una operación similar. Transportaron a Moscú a  los sabios de Hitler por trenes enteros. A todos los que se les unieron, los americanos les tendieron puentes de oro.  Los Estados Unidos hicieron jefe de su inmenso complejo nuclear al von Braun de Hitler, del Hitler a quien la América moderna debe tanto, el que, ya en agosto de 1939, antes, pues, de que la guerra de Polonia comenzara, hizo lanzar el primer cohete del mundo a los cielos de Prusia. Ese día empezó el  mundo moderno. Así como la  pólvora mortífera prestó inmensos servicios a la humanidad, la energía nuclear, cuya era inauguró Hitler en 1939, transformará  los  siglos  futuros.

En este aspecto, como en el social, los detractores de Hitler no vienen a ser más que tardíos y burdos imitadores. ¿Qué otra cosa es el Centro Francés de Investigaciones de Pierrelate, que una imitación frágil, incompleta, de la base hitleriana de Peenemunde, con veinticinco años de retraso? Desaparecido Hitler, el mundo democrático se ha mostrado incapaz de crear algo verdaderamente nuevo en los sectores político y social. Ni ha podido corregir lo viejo. No ha podido siquiera reparar las viejas estructuras, de antes de la guerra. De Nasser a De Gaulle, de Tito a Castro, de Argelia a Sudán, del Congo a Perú, por donde quiera que se mire, entre los viejos países que intentan resurgir del pasado, entre los nuevos de un tercer mundo que despierta, por todas partes salen a relucir las mismas fórmulas hitlerianas:  nacionalismo y socialismo y,  a la cabeza, el hombre fuerte, encarnación y guía del pueblo, orientador de voluntades, creador de ideal y de fe. El mito democrático al viejo estilo, pomposo, charlatán, incompetente, estéril, ya no es más que un globo desinflado que dejó de atraer e interesar y que incluso causa la hilaridad de la juventud. ¿Quién se preocupa todavía de los viejos partidos y de sus viejos bonzos, devaluados y olvidados? Pero, ¿quién olvidará alguna vez a Hitler y a Mussolini? Millones de nuestros muchachos murieron, tras una horrible odisea. ¿Qué ha sido, allá, a lo lejos, de sus pobres tumbas? Nuestras vidas, las de los supervivientes,  fueron zarandeadas, destrozadas, definitivamente eliminadas. Pero los fascismos, para los que nosotros vivimos, modelaron nuestra época para siempre. En nuestra desgracia, no deja de ser esto nuestro gran consuelo.

El telón de la Historia puede caer sobre Hitler y Mussolini, como cayó sobre Napoleón. Los enanos ya no podrán cambiar nada.

La gran revolución del siglo XX está hecha.

lunes, 13 de febrero de 2017

El juego de los grillos: Gustav Meynrik

El 17 de agosto de 1915, Gustav Meyrink publicó en la revista satírica Simplizissimus un breve relato titulado “Das Grillenspiel”, o “El juego de los grillos”, que se recogerá posteriormente en una recopilación de cuentos bajo el título de Murciélagos (1916). Lejos de mostrar intención satírica, Meyrink refleja en la narración la situación social y política de la Europa de su tiempo en los albores de la Primera Guerra Mundial. Aunque el relato se ha clasificado, en su mayoría, en el género de lo fantástico extraño, el mensaje de Meyrink resulta inquietante. No sería ninguna insensatez clasificar esta narración en el género del terror por lo que nos sugiere. El hombre se asemeja al grillo, una pequeña bestia agresiva que devorará a sus congéneres para sobrevivir.


El Juego de los Grillos.
Das Grillenspiel; Gustav Meyrink (1868-1932)

-¿Y? –preguntaron los señores al entrar el profesor Goclenius más rápidamente de lo que era su costumbre y visiblemente alterado- ¿Le entregaron las cartas? ¿Ya está Johannes Skoper viajando de regreso a Europa? ¿Cómo se encuentra? ¿Llegó alguna colección con el correo? –inquirían todos a la vez.
–Solamente esto –dijo el profesor muy serio colocando sobre la mesa un paquete de hojas manuscritas y un frasquito en el que se podía vez un insecto muerto de color blancuzco y el tamaño de un ciervo volante–. El embajador chino me lo entregó personalmente con la aclaración de que llegó esta mañana, vía Dinamarca.
–Me temo que se ha enterado de alguna noticia desagradable sobre nuestro colega Skoper –le cuchicheó al oído un caballero de barba afeitada a un anciano profesor de ondulante melena leonina, director como él en el Museo de Ciencias Naturales, que se había quitado los lentes y observaba con profundo interés el insecto metido en el frasquito.

Era aquél un recinto muy particular, en el que los señores –seis en total, y todos ellos investigadores científicos de la vida de los lepidópteros y coleópteros– se hallaban sentados alrededor de una ancha y larga mesa. La mezcla de los olores de alcanfor y sándalo acentuaba ese clima extrañamente mortuorio que se desprendía de los diodones que pendían de cuerdas fijadas en el cielorraso y que, con sus ojos vidriosos y saltones parecían las cabezas truncadas de espectadores fantasmales, las máscaras diablescas de salvajes tribus insulares, los huevos de avestruz, las bocazas de tiburón y los dientes de narval, los monos derrengados y de otras mil formas y figuras grotescas provenientes de zonas muy lejanas.

De las paredes –colgados sobre los marrones armarios carcomidos que tenían algo de monacal bajo el sol del atardecer que jugueteaba con las plantas del jardín y las combadas rejas de la ventana pendían, amorosamente enmarcados en oro y semejantes a retratos de venerables antepasados, cuadros a todo color de escarabajos en proporciones gigantescas. Con una de sus manos extendida en un gesto cordial, una tímida sonrisa rodeándole los ojitos redondos y la nariz en forma de botón, con el alto sombrero de copa de uno de los señores disectores sobre su cabeza y el porte de un alcalde de aldea que se hace fotografiar por primera vez en la vida, un lirón se asomaba obsequiosamente desde un ángulo del aula, en el que también se balanceaban unos cuantos cueros de víbora.

La cola oculta entre las sombras más lejanas del corredor y las partes más nobles de su cuerpo a punto de recibir una nueva mano de esmalte –para dar cumplimiento de este modo al deseo expreso del señor Ministro de Enseñanza–, el orgullo de todo el Instituto, un cocodrilo de doce metros de largo, espiaba por la puerta entreabierta. El profesor Goclenius había tomado asiento, desatado la cinta que mantenía atadas las hojas manuscritas y pasado rápidamente la mirada sobre las primeras líneas acompañándose con un murmullo inteligible.

–Esto está fechado en Butan, en el sudeste del Tibet, el 19 de Julio de 1914, o sea cuatro semanas antes del estallido de la guerra; de lo que se infiere que esta carta tardó más de un año en llegar a nuestras manos –y agregó luego de una pequeña pausa–: Nuestro colega Johannes Skoper escribe aquí, entre otras cosas, lo siguiente: En otra oportunidad les relataré más detalladamente el rico botín que pude obtener durante mi largo viaje por tierras fronterizas chinas, pasando por Assam hasta llegar a Bután, país todavía inexplorado; hoy sólo quiero referirme lo más sucintamente posible a las circunstancias asombrosas a las que debo el descubrimiento de un grillo blanco como verán totalmente nuevo –el profesor Goclenius señalaba mientras leía estas últimas palabras al insecto que estaba en el frasco– y que los chamanes utilizan para fines religiosos bajo el nombre de Phat, una palabra que les sirve a la vez de insulto para todo lo que se parezca a un europeo o individuo de raza blanca.

Pues bien: cierta mañana me entero –por intermedio de unos peregrinos lamaístas que se dirigían a Lhasa– que cerca de mi campamento se encontraba un alto exponente de los Dugpas, algo así como sacerdotes del diablo temidos en todo el territorio del Tibet, reconocibles por sus gorros escarlatas, y que afirman ser descendientes directos del demonio de los hongos. Lo cierto es que estos Dugpas pertenecen a la antiquísima religión tibetana de los lamaístas y chamanes de la cual conocemos poco y nada, y son hijos de una raza extraña cuyos orígenes se remontan hasta la noche de los tiempos. Este Dugpa –me decían los peregrinos mientras hacían girar furtiva y supersticiosamente su molinillo de oraciones– es un Samtche Mitchebat, un ser que ya no debe ser designado como hombre, que puede ligar y desligar, alguien que, para decirlo en pocas palabras, gracias a su facultad de ver más allá del tiempo y del espacio, puede realizar todo lo que se proponga en esta tierra. Existen, así me dijeron, dos caminos para alcanzar esas alturas que sobrepasan todos los poderes humanos: uno, que es el de la luz –la compenetración con Buda– y otro opuesto: el camino de la mano izquierda, al que solamente tiene acceso un Dugpa de nacimiento... y que viene a ser un camino espiritual Heno de horror y de espanto. Estos Dugpas natos pueden aparecer –aunque muy raras veces– en cualquiera de los puntos cardinales y son casi siempre hijos de padres sumamente religiosos.

Parecería, opinaba el peregrino que me confesaba todas estas cosas, que la mano del señor de las sombras colocara en estos casos una rama emponzoñada en el árbol de la santidad. Resulta ser que existe un solo medio para saber si un niño se halla o no espiritualmente vinculado a la liga de los Dugpas, de ser así, el remolino de cabello que todos tenemos en la coronilla debe girar de izquierda a derecha en vez de hacerlo en dirección inversa.

Yo expresé inmediatamente –por pura curiosidad– mi deseo de conocer personalmente al Dugpa de alto rango que se hallaba por los alrededores, pero el jefe de mi caravana, que también es un tibetano oriental, se negó terminantemente.
–¡Son puras tonterías! –gritaba–, en todo el territorio de Bután no hay un sólo Dugpa; sin contar que ningún Dugpa, y mucho menos un Samtche Mitchebat, se avendría a mostrar sus artes a un ser de raza blanca!

La oposición demasiado enfática de este hombre despertó en mí sospechas cada vez mayores a medida que el se desgañitaba, y después de un larguísimo y astuto interrogatorio pude sonsacarle que él mismo practicaba la religión de los Bonzos y que estaba perfectamente enterado –por el tinte rojizo de los vapores que despedía la tierra, eso es lo que me quiso hacer creer– que había un Dugpa en las cercanías del campamento.

–Pero nunca consentiría en ofrecerte una muestra de sus artes –seguía repitiendo sin cesar.
–¿Por qué no? –seguí preguntando.
–Porque no asumiría la... responsabilidad.
–¿Qué clase de responsabilidad? –quise saber.
–Sucede que las perturbaciones que con ello ocasionaría en el reino de las causas lo lanzarían nuevamente en la vorágine de las reencarnaciones, si es que no ocurre algo muchísimo peor.

Yo estaba interesado en saber más acerca de la misteriosa religión de los Dugpas, por lo que le pregunté:
–¿Tiene el hombre, según tu religión, un alma?
–Sí y no.
–¿Cómo es eso?
Por toda respuesta el tibetano arrancó de la tierra una brizna de hierba y le hizo un nudo:
–¿Tiene esta brizna un nudo?
–Sí.
Desató el nudo.
–¿Y ahora?
–Ahora ya no lo tiene.
–De ese mismo modo tiene el hombre un alma y no la tiene –afirmó con toda llaneza.
Traté de encarar la cosa de otro modo para llegar a tener una idea más clara acerca de su manera de pensar:
–De acuerdo, supongamos ahora que al cruzar aquel desfiladero tan terriblemente peligroso te hubieras caído al abismo, ¿tu alma habría seguido viviendo o no?
–¡Yo no me habría caído!
Haciendo una nueva tentativa le mostré mi revólver:
–Y si ahora te mato de un tiro, seguirías viviendo o no?
–Tú no me puedes matar.
–¡Claro que puedo!
–Bueno, entonces trata de hacerlo.

¡Ni loco! pensé para mis adentros, ese sí que sería un buen enredo... andar por este ilimitado terreno montañoso sin un jefe de caravana... Él pareció haber adivinado mis pensamientos y sonrió no sin cierto sarcasmo. Era desesperante. Me quedé callado por un buen rato.

–Lo que sucede, es que no puedes querer –dijo retomando la palabra–. Detrás de tu voluntad hay una infinita cantidad de deseos, algunos que conoces y otros que no conoces, y todos ellos son más fuertes que tú.
–¿Qué es entonces el alma según tu religión? –le pregunté enojado–; ¿tengo yo, por ejemplo, un alma?
–Sí.
–¿Y si me muero mi alma sigue viviendo?
–No.
–¿Pero la tuya, después de tu muerte, sí?
–Sí. Porque yo tengo un nombre.
–¡Yo también lo tengo!
–Sí, pero no conoces tu nombre verdadero, por lo tanto no lo tienes. Eso que consideras tu propio nombre no es más que una palabra hueca inventada por tus padres. Cuando duermes te lo olvidas, yo no me olvido de mi nombre cuando duermo.
–¡Pero cuando estés muerto tampoco podrás saberlo! –repliqué.
–No. Pero el maestro lo conoce y no lo olvidará jamás, y cuando él me llame por mi nombre verdadero, volveré a levantarme; solamente yo y ningún otro, porque yo soy el único que lleva mi nombre. Nadie más que yo lo tiene. Eso que tú dices que es tu nombre lo tienen muchos otros en común contigo... igual que los perros –terminó murmurando con desprecio. Y si bien entendí perfectamente sus últimas palabras, dejé que creyera que no había sido así.
–¿Y qué es lo que tú entiendes por maestro? –le pregunté con la mayor naturalidad.
–El Samtche Mitchebat.
–¿El que ahora es casi nuestro vecino?
–Sí, pero es sólo su reflejo el que se encuentra ahora cerca de este campamento; aquél que él es en realidad está en todas partes. Y puede no estar en parte alguna si quiere.
–¿Eso quiere decir que puede volverse invisible? –tuve que sonreír a pesar mío–,¿quieres insinuar acaso que a veces está dentro del mundo en que vivimos y a veces fuera de él; que a veces está y otras veces no?
–Un nombre también está sólo cuando se lo pronuncia, y cuando no se lo pronuncia no está más –fue la respuesta del tibetano.
–¿Y puedes tú, por ejemplo, convertirte también en un maestro?
–Sí.
–De modo que entonces habría dos maestros, ¿no es así?

Yo me sentía triunfante, ya que, para decirlo abiertamente, la arrogancia del tipo me estaba fastidiando; ahora lo tenía bien agarrado en la trampa (mi próxima pregunta sería: ¿si uno de los maestros quiere que brille el sol y el otro quiere hacer que llueva, cuál de los dos gana?); tanto más perplejo me dejó lo que tuve que oír a continuación:

–Si yo llego a ser maestro alguna vez, seré el Samtche Mitchebat. ¿O acaso crees que puede haber dos cosas que sean totalmente semejantes entre sí sin que sean la misma cosa?
–Digas lo que digas, en tal caso serían dos y no uno; si yo me cruzara con vosotros, serían dos las personas que yo vería y no uno solo –le contradije.

El tibetano se agachó, eligió entre los cristales de calcita que estaban esparcidos por el suelo uno de especial transparencia y me dijo con sorna:
–Coloca esto delante de tu ojo y mira el árbol aquél; lo ves doble, ¿no es cierto? ¿Pero acaso se han convertido por eso en dos árboles en vez de uno?

En el momento no supe qué contestarle, tampoco me hubiera sido fácil expresarme en el idioma de los mongoles –que era el único que podíamos usar para nuestro mutuo entendimiento– con la soltura y lógica necesarias para abordar un tema tan intrincado como éste; por lo tanto tuve que dejarlo creer que la victoria era suya. Pero interiormente estaba asombrado a más no poder por la agilidad espiritual de ese ser semi-salvaje, con sus ojos oblicuos de calmuco y vestido con aquella sucia piel de cordero. Hay algo extraño en estos asiáticos de las montañas, por fuera parecen animales, pero a poco que uno les toque su almita, aparece el filósofo.
Volví al punto de partida:

–¿Tú crees entonces que el Dugpa se negaría a mostrarme sus artes porque rechaza la responsabilidad?
–No, seguro que no lo haría.
–¿Pero si soy yo quien asume toda responsabilidad?
Por primera vez, desde que lo conocía el tibetano se desconcertó. Su rostro fue invadido por una inquietud tan grande, que no le fue posible disimularla. Una expresión de crueldad salvaje, para mí inexplicable, se alternaba con otra de hondo regocijo. En todos estos meses que anduvimos juntos hemos pasado semanas entera corriendo peligro de muerte, hemos cruzado abismos que llenarían de pánico a cualquiera, pasando sobre puentes de bambú de apenas un pie de ancho, y a mí más de una vez me pareció que se me paralizaba el corazón; hemos cruzado desiertos y casi nos hemos muerto de sed, y él nunca perdía, ni por un solo minuto, su equilibrio interior. ¿Y ahora? ¿Cuál podía ser la causa que le hacía ponerse tan fuera de sí? Con sólo mirarlo me bastó para saber que en su mente las ideas se agitaban en loco torbellino.

–Condúceme hasta el Dugpa, yo te recompensaré holgadamente –intenté de nuevo.
–Quiero pensarlo –me contestó por fin.

Todavía era de noche cuando entró en mi carpa para despertarme. Ya se había decidido, me dijo, y estaba dispuesto. Había ensillado dos de nuestros hirsutos caballos mongoles, cuya altura no es mucho mayor que la de un perro grande, y nos internamos en la obscuridad de la noche. Los hombres de mi caravana seguían profundamente dormidos alrededor de las casi extinguidas fogatas diseminadas por el terreno. Pasaron horas sin que cambiáramos una sola palabra; ese peculiar aroma del almizcle que las estepas tibetanas exhalan durante las noches de julio y el monótono rumor de las retamas al ser barridas por las patas de nuestros caballos, casi me llegan a embriagar de tal manera, que para poder mantenerme despierto, me vi obligado a no quitar mi vista de las estrellas, que aquí, en esta tierra salvaje, tienen algo de llameantes, como si se tratase de trozos de papel encendidos. De ellas se desprende un influjo excitante que le inquieta a uno el corazón.

Cuando las primeras luces del alba comenzaron a trepar por detrás de las cimas de las montañas, pude notar que los ojos del tibetano se mantenían totalmente abiertos, sin pestañear, con la mirada siempre fija en un solo punto del cielo. Observé que estaba como ausente. Le pregunté varias veces si conocía tan bien el lugar donde hallar al Dugpa como para no prestarle ninguna atención al camino, pero no recibí respuesta alguna.

–Él me atrae como la piedra magnética atrae el hierro –balbuceó por fin, como saliendo de un sueño muy profundo.

Ni al llegar el mediodía nos tomamos un descanso; siempre mudo, mi acompañante volvía a apresurar el paso de su caballo cada vez que éste se mostraba un poco más lento. Yo me vi obligado a comer mi ración de carne de cabra sentado en la montura. Poco antes del anochecer paramos –doblando al pie de un cerro totalmente desnudo– cerca de esas fantásticas carpas que a veces se pueden ver en Bután. Son negras, hexagonales abajo y puntiagudas arriba, de bordes combados, y se hallan paradas sobre una suerte de zancos, de modo que se parecen a enormes arañas que tocan el suelo con sus vientres.

Yo esperaba encontrarme con un sucio chamán de melena y barba desgreñadas, una de esas criaturas dementes o epilépticas –que son tan frecuentes entre los mongoles y tungusos– que se embriagan con infusiones logradas con la cocción de ciertos hongos y que luego creen estar viendo espíritus o se sienten impelidos a largar de sí profecías incomprensibles; en vez de ello veo parado ante mí –inmóvil– un hombre de unos buenos seis pies de estatura, sorprendentemente delgado, sin barba, con un brillo oliváceo en el rostro –un color como no lo había visto nunca en un ser humano vivo–, siendo la separación entre sus ojos oblicuos tan grande, que se me antojaba antinatural: un ejemplar de una raza humana para mí totalmente desconocida.

Sus labios –lisos como la porcelana, al igual que la piel de toda su cara– eran rojísimos, finos como el filo de un cuchillo y tan, pero tan curvados –especialmente en las comisuras muy alzadas, como congeladas en una sonrisa despiadada–, que parecían haber sido dibujados con pincel sobre su cara. Me fue imposible quitar la vista de ese hombre por largo tiempo... y al volverlo a recordar ahora casi diría que me estaba sintiendo como un niño al que se le corta la respiración de puro susto ante la súbita aparición de una máscara terrorífica que emerge de las sombras. Sobre su cabeza el Dugpa llevaba un gorro escarlata, en tanto que el resto de su cuerpo se hallaba cubierto hasta los tobillos por una costosa capa de cebellina totalmente teñida de anaranjado.

Tanto él como mi guía no se dirigieron la palabra ni una sola vez, pero yo sigo creyendo que se entendieron mediante gestos y señales secretas, puesto que, sin preguntarme para nada qué era lo que quería de él, el Dugpa dijo de pronto que estaba dispuesto a mostrarme todo lo que yo deseara, siempre y cuando me comprometiera expresamente a asumir toda responsabilidad... aún sin conocerla. Yo, por supuesto, me declaré inmediatamente de acuerdo. "Como prueba de ello yo debía tocar la tierra con mi mano izquierda. "Así lo hice. "Se nos adelantó entonces en silencio durante un corto trecho y nosotros lo seguimos hasta que nos ordenó que nos sentásemos.

Tomamos asiento junto al borde de una elevación de terreno que se asemejaba curiosamente a una mesa. "¿Llevaba yo conmigo un lienzo blanco? Empecé buscando desesperadamente en todos mis bolsillos, pero nada, hasta que por fin hallé escondido en el fondo rasgado de mi chaqueta un viejo mapa plegadizo de Europa bastante borroso ya (que evidentemente había llevado conmigo sin saberlo durante todo mi viaje por el Asia), lo extendí entre nosotros y le expliqué al Dugpa que el dibujo representaba un mapa de mi patria. Intercambiaron una rápida mirada con mi guía, y nuevamente pude ver como en el rostro del tibetano aparecía esa expresión maligna, casi se podría decir de odio, que tanto me había llamado la atención la noche anterior.

¿Deseaba yo ver el juego mágico de los grillos? Asentí con la cabeza y supe al instante qué era lo que me iba a tocar presenciar: ese truco famoso que consiste en hacer aparecer diversos insectos bajo el influjo de un silbido o algo semejante. Tal cual, no me había equivocado, el Dugpa dejó oír un sonido chirriante, suave y metálico (cosa que estas gentes logran mediante el uso de una campanita plateada que llevan oculta entre sus ropas), e inmediatamente un montón de grillos fueron saliendo de sus recovecos dentro de la tierra para reunirse sobre el mapa. "Cada vez más y más. Infinidad de ellos.

Ya me estaba enojando de sólo pensar que por un ridículo truco circense –que ya había tenido oportunidad de presenciar varias veces en la China–, hubiese emprendido una cabalgata tan trabajosa, pero el espectáculo que de ahí en más se ofreció ante mi vista me compensó con creces el esfuerzo realizado: los grillos no sólo pertenecían a una especie totalmente desconocida para la ciencia –lo que los hacía interesantes de por sí–, sino que además se comportaban de una manera más que peculiar. Apenas hubieron tomado contacto con el dibujo del mapa, comenzaron a correr sin ton ni son en todas direcciones, para luego ir formando grupos que se examinaban mutuamente con desconfianza. Súbitamente cayó sobre el centro mismo del mapa una mancha de luz con los colores del arco iris (provenía, como constaté al momento, de un pequeño prisma de vidrio que el Dugpa había puesto contra el sol), y en pocos segundos los pacíficos grillos se convirtieron en un apelotonamiento de insectos que se destrozaban entre sí de la manera más abominable. El espectáculo era demasiado repulsivo como para pensar en describirlo. El chirriar de los miles y miles de alas daba un tono altísimo, casi melodioso, que me llegó hasta la médula de los huesos; si bien se asemejaba al canto de los grillos que todos conocemos, estaba compuesto de un odio tan infernal mezclado con una suerte de lamento tan atroz, que yo sé que no lo podré olvidar jamás.

Por debajo de esa masa de cuerpos se iba derramando un jugo espeso y verdoso. Le ordené al Dugpa que parara de inmediato esa bestialidad; pero él ya había guardado el prisma y se limitó a responderme con un encogimiento de hombros. En vano me esforzaba por separar a los grillos con un palo: sus locas ganas de matar ya no conocían límite. Cada vez aparecían más de ellos, venían en tropel para participar de este juego macabro hasta formar una montaña vibrante y pataleante tan alta casi como un hombre. A una legua a la redonda la tierra se hallaba cubierta por insectos enloquecidos que formaban una masa blancuzca que pugnaba por llegar al centro movida por un sólo pensamiento: matar, matar, matar. Algunos grillos que iban cayendo malheridos del montón y no podían volver a subir, se destrozaban a sí mismos con sus antenas. El chirrido era por momentos tan fuerte y tan espantosamente agudo, que me tuve que tapar los oídos con las manos, porque estaba seguro de no poder soportarlo más. Finalmente, gracias a Dios, los animales parecían ser cada vez menos, las filas que salían de debajo de la tierra se hacían cada vez más ralas hasta que cesaron por completo.

–¿Y ahora qué se propone? –pregunté al tibetano cuando vi que el Dugpa no demostraba ninguna intención de dar por terminada la representación, sino que más bien parecía esforzado en mantener sus pensamientos concentrados en vaya uno a saber qué idea. Su labio superior estaba contraído de modo tal que se podían ver claramente sus dientes afilados y puntiagudos. Eran negros como la brea, sospecho que de tanto mascar hojas y yerbas, una costumbre muy difundida en estas zonas.
–Liga y desliga –oí que me respondía el tibetano.
A pesar de que yo no cesaba de repetirme a mí mismo que no eran más que insectos los que aquí habían encontrado una muerte tan horrenda, no podía evitar sentirme por demás impresionado, tanto, que por momentos creí desvanecerme... y la voz continuaba llegándome de muy lejos: –Liga y desliga...
No podía entender su significado, y sigo aún hoy sin entenderlo; tampoco puede decirse que después de lo ya relatado sucediera algo digno de ser tomado especialmente en cuenta. ¿Por qué sería entonces que yo permanecí ahí sentado? Tal vez pasaran horas, no lo sé. Era como si la voluntad de levantarme hubiese desaparecido de mi cuerpo, no puedo definirlo de otro modo.

Poco a poco el sol se iba hundiendo, y tanto el paisaje terreno como el celeste fue adquiriendo ese tinte rojo y anaranjado totalmente irreal, que cualquiera que haya estado alguna vez en el Tibet tan bien conoce. El colorido de este cuadro sólo es comparable al de las carpas que se pueden hallar en las romerías europeas.
No me podía desprender de las palabras: «liga y desliga»; paulatinamente iban adquiriendo en mi cerebro un sentido espantoso de verdad; en mi imaginación el bulto compacto y enorme de grillos se convertía en millones de soldados agonizantes. Sentí de pronto mi garganta como estrangulada por un misterioso e inconmensurable sentido de responsabilidad, cuyo tormento era aún mayor por lo mismo que me era imposible hallar su origen. Por un momento tuve la impresión de que el Dugpa se había ido y que en su lugar tenía delante mío –escarlata y verde oliva– a la abominable estatua del dios de la guerra tibetano.

Pude luchar contra esa visión hasta tener nuevamente ante mis ojos a la realidad tal cual era; pero a mí no me bastaba con esa realidad: los vapores que se elevaban de la tierra, las cimas dentelladas y nevadas de las montañas que se recortaban en el horizonte, el Dugpa con su gorro escarlata, yo mismo, con mis ropas mitad europeas mitad asiáticas, y finalmente esa carpa negra con sus patas de araña, ¡todas esas cosas no podían ser reales!

Realidad, fantasía, visión... ¿qué era verdad, qué era mentira? Y para colmo esa torturante sensación de que mi pensamiento se abría dejando un gran espacio hueco cada vez que volvía a hostigarme el miedo a ese nuevo, inexplicable, terrible sentido de responsabilidad. Más tarde, mucho más tarde... durante mi viaje de regreso, este acontecimiento fue creciendo en mi memoria como una exuberante planta venenosa que yo trataba en vano de extirpar.

De noche, cuando no puedo conciliar el sueño, comienza a tomar cuerpo en mí la vaga sensación de estar a punto de comprender el significado de la frase Liga y desliga, y entonces trato de asfixiarla para que no pueda madurar, del mismo modo en que uno trata de sofocar un fuego antes de que se propague... Pero de nada sirve defenderme ... en mi imaginación puedo ver como del montón de grillos muertos se alza un vapor rojizo que se va formando en nubes, que obscureciendo el cielo como las nubes fantasmales que trae el monzón, se precipitan hacia Occidente. Y ahora mismo, mientras escribo estas líneas, siento algo que yo... yo... yo...

–Aquí la carta se interrumpe –dijo el profesor Goclenius–; desgraciadamente debo comunicarles ahora que en la embajada china me dieron la desgraciada nueva de la muerte de nuestro estimado colega Johannes Skoper, acaecida en el lejano Oriente... –el profesor no pudo seguir; un fuerte grito lo interrumpió: No puede ser, el grillo sigue vivo después de todo un año! ¡Increíble! ¡Atrápenlo! ¡Se vuela!. Vociferaban todos al mismo tiempo. El profesor de la melena leonina había destapado el frasco dejando salir al insecto aparentemente muerto.

Un momento después de todo este alboroto, el grillo había salido volando por la ventana hacia el jardín, y los graves señores científicos, en su afán por darle caza, casi se llevan por delante al portero del museo que venía para encender las lámparas de la sala de profesores. Moviendo pensativamente la cabeza, el viejo observaba a esos extraños personajes que en el jardín trataban de dar caza a un pequeño insecto volador. Luego miró hacia el cielo del atardecer rumiando para sí: ¡Las formas que pueden llegar a tomar las nubes en estos tiempos de guerra! Ahí hay una que parece un hombre con un gorro rojo y la cara verde; si no fuese porque los ojos están tan separados, se diría que es igualito a un ser humano. ¡Realmente, a mi edad lo único que me falta es volverme supersticioso!

Gustav Meyrink (1868-1932)

FIN