martes, 26 de marzo de 2019

El maldito libro de Berlín | Profesor Ambrosio

Ambrosio meditaba en sus libros. Esta vez había un apagón generalizado en la ciudad y aprovechó para iluminar su biblioteca con velas y velones que puso por todas partes. Se creo una atmósfera especial, monacal para sí mismo. Estaba convencido que había un misticismo en los libros que copiosamente leía, en sus incunables que guardaba celosamente y que para él contenían grandes secretos y verdades. De modo que se propuso reforzar ese ambiente misterioso aprovechando la ausencia de luz artifical y colocando una gran cantidad de velas aquí y allá.

Y ahora esa aura reverencial y misteriosa se veía decuplicada por las sombras de los libros provocada por la luz del fuego. Las sombras bailaban y los ejemplares acostados sobre la mesa lucían más grandes, más imponentes y hasta desafiantes, parecían los fantasmas de grandes columnas de la antiguedad, enormes fotalezas de piedra que los siglos no habían podido mellar.

De este modo el profesor Ambrosio se regocijaba leyendo un ejemplar sentado plácidamente en su gran sillón café, bajo un gran velón principal de color rojo colocado en una repisa alta que le alumbraba las amarillentas hojas. El libro era un antiguo ejemplar de una oscura edición de los años 70, editado en Barcelona. Era una traducción de una novela inacabada del autor galés Arthur Machen, encontrada por casualidad en una librería de viejo de Berlín, en una de sus tantas correrías literarias por Europa central. Era una rareza, un ejemplar bastante extraño y que guardaba bajo llave en una galería secreta que tenía detrás de su biblioteca. Lo leía por décima ocasión. Era la primera vez que lo hacía bajo la luz del fuego. Entonces creyó leer y comprender su contenido de manera diferente.

Las letras del papel comenzaron a danzar ante sus ojos: tomaron formas diversas y extrañas, hacían acrobacias y saltaban por el papel como una zarzuela, o como en un circo. Entonces vio escenarios de sueños que había tenido mucho tiempo atrás. Vio calles de mármol, atardeceres de colores, parques verdes y floridos con rampas para bicicletas y patinetas, calles bajas, autos rojos sobre asfaltos relucientes y limpios, casas amplias y altas, botas y zapatos de marca caminando sobre andenes pulidos y trabajados con cuidado. Vio edificios altos y arrogantes, vías por donde se movían autos de marca, grandes tiendas de ropa y restaurantes. Vio otras vías que iban en bajada y en subida, vio bolardos extraños, vio grandes galerías de cuadros, tiendas de hamburguesas y una droguería muy grande. Quiso sacudirse la cabeza para no ver más, pero por un impulsó que aún hoy sigue sin comprender siguió mirando.

Continuó observando todo ese lugar como un sueño y de pronto la vio. Vestía toda de negro, chaqueta de cuero ceñida, pantalones leggins apretados y muy sensuales, botas Martens negras y recién compradas. Un mechón de color verde había invadido su pelo lacio. Se veía más alta y mayor, quizá un par de años mayor, con la mirada más adulta, altiva, dueña de una seguridad que se alejaba ya de aquella mirada huidiza de niña tímida. Tenía una cara más pedante, más imponente, más cabrona, más sexy, más deseable. Estaba de pie, frente a una casa de fachada verde. Apoyaba fuertemente uno de sus pies en el andén y el otro sobre el asfalto, de modo que su rodilla doblada la hacía lucir como una joven rockera y rebelde mucho más atractiva que antes, más tentadora, más desquiciante. 

Entonces recordó su nombre, si, aquella chica que ostentaba el nombre del redentor hacia ya tanto tiempo. ¿Dónde estaría ahora? ¿Ya se habría casado? ¿Tendría novio? ¿Se habría matado? Ya no se sentía tentado a espiarla en sus redes sociales, ¿para qué? si era más viva y más real en sus recuerdos, en la ficción, incluso en sus sueños y visiones. Aquella chica de la que se había prendado durante un tiempo corto. Se lamentó no haber luchado más por ella. Lo cierto es que nunca la olvidaría y el maldito libro de Berlín se la iba a recordar hasta el último día.

Cerró el ejemplar de golpe y fue a comprobar si la luz eléctrica ya había sido reestablecida. Así era. Procedió a apagar todas las velas, el fuego se extinguió y la atmósfera de monasterio se fue evaporando lentamente. Aspiró con fuerza el último hálito del perfume de las velas y se fue a su balcón a fumar un cigarro Lucky Strike. Tomado de la barandilla y viendo toda la ciudad desde su apartamento, se preguntaba en qué parte podría encontrarse ella y qué andaría haciendo aquella bella loca y lolita que le arañó el corazón. Acabó de fumar y se encerró en su cuarto a dormir y no pensó más en ella. Por ahora.

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